que nuestra virtud debe ser humilde, sin mirar a la propia estimación. Nos recomienda Jesucristo «que nuestras obras nunca sean hechas con intención de buscar la alabanza de los hombres», (Matth., VI, 1.); si queremos que se nos recompense por ellas, hemos de ocultar en todo lo posible el bien que Dios ha puesto en nosotros.
para evitar que el demonio del orgullo nos arrebate todo el mérito de nuestras buenas obras. -Más, pensaréis tal vez vosotros, cuando obramos bien, lo hacemos por Dios y no por el mundo. -No sé, amigo mío; muchos se engañan en este punto; creo que no habría de ser difícil mostraros cómo vuestra religión esta más en lo exterior que en lo íntimo de vuestra alma. O si no, decidme, ¿no es cierto que apenaría menos el que se hiciese público que ayunáis en los días señalados, que no si se divulgase que dejáis de observarlos?. ?No es cierto que os disgustaría menos que os viesen repartir limosnas, que no si os hallasen sustrayendo algo a vuestro vecino?. Prescindamos en este caso del escándalo. Suponiendo que a veces oráis y a veces juráis, no es verdad que más os gustará ser visto haciendo lo primero que lo segundo?. ¿No es verdad que preferís que os vean ocupado en vuestras oraciones, o dando buenos consejos a vuestros hijos, a que os oigan cuando los incitáis a vengarse de sus enemigos? - Sí, no hay duda, diréis vos, todo esto no me apenaría tanto. - ¿Y por qué esto, sino porque practicamos falsamente la religión y somos unos hipócritas?. Y no obstante, vemos que los santos hacían todo lo contrario; ¿por qué esto, sino porque conocían ellos su religión y no buscaban sino humillarse, a fin de tener propicia la misericordia del Señor?. ¡Cuántos cristianos sólo son religiosos por inclinación, por capricho, por rutina y nada más! - Esto es muy fuerte, me diréis. - Sí, no hay duda, es esto bastante fuerte; pero es la pura verdad. Para haceros concebir el más grande horror de ese maldito pecado de la hipocresía, voy a mostraros a donde conduce dicho crimen, por un ejemplo muy digno de ser grabado en vuestro corazón.
Leemos en la historia que San Palemón y San Pacomio llevaban una vida muy santa. Una noche mientras estaban en vela y tenían encendido fuego, les sorprendió un solitario que quiso pasar con ellos la noche. Le recibieron con deferencia, y cuando comenzaban a orar juntos ante el buen Dios; dijo aquel a sus compañeros: «Si tenéis fe, atreveros a permanecer de pie sobre estos carbones encendidos, rezando lentamente la oración dominical». Aquellos santos varones, al oír la proposición de aquel solitario, pensando que sólo un orgulloso o un hipócrita podía hablar así: «Hermano mío, le dijo San Palemon, rogad a Dios; sois víctima de una tentación; guardaos mucho de cometer una tal locura, ni de proponernos jamás semejante cosa. ¡Vuestro Salvador nos ha dicho que no hemos de tentar a Dios, y es precisamente tentarle el pedir un milagro de esta suerte». El infeliz hipócrita, en vez de aprovecharse de aquel buen consejo, se ensoberbeció aún más por la vanidad de sus pretendidas buenas obras; avanzó osadamente, y permaneció de pie sobre el fuego sin que nadie se lo mandase, sólo por instigación del demonio, enemigo de los hombres..: Dios, a Quién el orgullo había expulsado de aquel corazón, por un secreto y espantoso juicio, permitió al demonio que librase a su víctima de los efectos del fuego, lo cual acabó de exaltar su ceguera, creyéndose ya perfecto y un gran santo. Al día siguiente por la mañana, se despidió de los dos anacoretas, reprendiéndoles su falta de fe: «Ya habéis visto de lo que es capaz aquel que tiene fe.» Pero, ¡ay !, pasado algún tiempo, viendo el demonio que aquel infeliz era ya suyo, y temiendo perderle, quiso asegurarse de su víctima, y poner el sello a su reprobación. Tomó la figura de una mujer realmente vestida, llamó a la puerta de la celda de aquel solitario, diciéndole que se hallaba perseguida por sus acreedores, que temía un atropello por no tener con que pagar, así es que, conociendo el carácter caritativo del solitario, a él recurría. «Os suplico, dijo ella, que me admitáis en vuestra celda, para librarme así del peligro.» Aquel infeliz, después de haber abandonado a Dios y de haberse dejado arrancar por el demonio los ojos del alma, no acertó a ver el peligro que corría; así pues, la admitió en su celda. Poco después se sintió fuertemente tentado contra la santa virtud de la pureza, y admitió los pensamientos que el demonio le sugería. Se fue acercando a aquella pretendida mujer, que era el demonio, y llegó hasta a tocarla. Entonces el demonio se arrojo sobre el solitario, cogióle, y le arrastró un buen trecho por el camino, golpeándole y maltratándole en tal forma, que su cuerpo quedo enteramente molido. Dejóle el demonio tendido en tierra, donde quedo sin sentido por mucho tiempo. Pasados algunos días, algo repuesto ya del percance, arrepentido de la culpa, fue otra vez a visitar a aquellos dos solitarios, para comunicarles lo que le había acontecido. Después de haberles narrado en caso, con lágrimas en los ojos, les dijo: Padres míos, debo confesar que todo ello me aconteció solamente por mi culpa; yo sólo fui la causa de mi perdición, pues no era más que un orgulloso, un hipócrita, que pretendía pasar por más bueno que lo que realmente era. Os ruego encarecidamente me socorráis con el auxilio de vuestras oraciones, pues temo que, si el demonio vuelve a cogerme, me hace trizas» (Vida de los Padres del desierto, t. I, pág. 256).

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