María recibe el cuerpo de su Hijo



Temiendo la Madre Dolorosa que le hicieran nuevos ultrajes al Hijo amado, le rogó a José de Arimatea que consiguiera de Pilatos el cuerpo de Jesús para que, al menos muerto, pudiera cuidarlo y librarlo de nuevos ultrajes. Fue José a Pilatos y le expuso el dolor y el deseo de esta Madre afligida. Dice san Anselmo que la compasión de la Madre enterneció a Pilatos y le movió a conceder el cuerpo del Salvador.

He aquí que ya bajan a Jesús de la cruz. Oh Virgen sacrosanta, después que tú, con tanto amor has dado al mundo a tu Hijo por nuestra salvación, he aquí que el mundo ingrato ya te lo devuelve. Pero, oh Señor, ¿cómo te lo devuelve? María diría entonces al mundo: “Mi amado es fúlgido y rubio” (Ct 5, 10), pero tú me lo entregas lleno de cardenales y rojo, no por el color de su carne, sino por las llagas que le has hecho. Él enamoraba con su aspecto y ahora da espanto a quien lo mira. ¡Cuántas espadas, dice san Buenaventura, hirieron el alma de esta Madre al serle presentado el Hijo bajado de la cruz! Basta considerar el sufrimiento de cualquier madre cuando le presentan a su hijo muerto. Se le reveló a santa Brígida que para bajarlo de la cruz se utilizaron tres escalas. Primero, los santos discípulos desclavaron las manos y a continuación los pies. Y los clavos fueron confiados a María, como dice Metafraste. Luego, sosteniendo unos el cuerpo de Jesús por la parte superior y otros por la parte inferior, lo bajaron de la cruz. Bernardino de Bustos medita cómo la afligida Madre, extendiendo los brazos, va al encuentro de su amado Hijo, lo abraza y después se sienta al pie de la cruz teniéndole en su regazo. Ve aquella boca entreabierta, los ojos nublados, aquella carne lacerada, aquellos huesos descarnados; le quita la corona de espinas y ve los estragos que le ha causado en su sagrada cabeza; mira aquellas manos y aquellos pies traspasados, y dice: ¡Hijo mío, a qué te ha reducido el amor que tienes a los hombres! ¿Qué mal les has hecho que así te han tratado? San Bernardino de Bustos le hace decir: Tú eras para mí un padre, un hermano, un esposo, mis delicias y mi gloria; tú eras todo para mí. Hijo, mira cómo estoy de afligida, mírame y consuélame. Pero tú ya no me puedes mirar. Habla, dime una palabra de alivio; pero no hablas ya porque estás muerto. Oh espinas crueles, decía contemplando aquellos instrumentos atroces, clavos, lanza despiadada, ¿cómo habéis podido atormentar así a vuestro Creador? Pero ¿qué espinas?, ¿qué clavos? Oh pecadores, exclamaba, vosotros sois los que habéis maltratado de este modo a mi Hijo.


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