¡Qué exceso de dolor fue para ella ver los
clavos, los martillos y los cordeles que llevaban delante los verdugos y todos
los horribles instrumentos para matar a su Hijo! ¡Y qué espada para su corazón
al oír la corneta que anunciaba la sentencia contra su Jesús! Pero he aquí que
después de haber pasado los instrumentos, el pregonero y los ministros de la
justicia, alza los ojos y ¿qué ve? Ve a un joven cubierto de sangre de pies a
cabeza, con una corona de espinas, con una pesada cruz sobre las espaldas; lo
contempla y casi no lo conoce, diciendo entonces con Isaías: “No tenía
apariencia ni presencia” (Is 53, 2). Sí, porque las heridas, las moraduras y la
sangre coagulada le hacían semejante a un leproso, de modo que estaba
desconocido: “Despreciado, varón de dolores, desecho de hombre, no lo tuvimos
en cuenta” (Is 53, 3).
Pero, al fin, el amor se hizo reconocer; y
una vez que lo hubo conocido, como dice san Pedro de Alcántara: “Qué lucha se
entabló entre el amor y el temor en el corazón de María. Por una parte, deseaba
verlo; mas, por otra, le daba temor ver algo tan digno de compasión.
Finalmente, se miraron; el Hijo, apartándose de los ojos un grumo de sangre que
le impedía la visión, como le fue revelado a santa Brígida, y la Madre miró al
Hijo. Y sus miradas llenas de dolor fueron como otras tantas flechas que
traspasaron aquellas dos almas enamoradas. Margarita, hija de santo Tomás Moro,
cuando vio que su padre iba hacia la muerte, no pudo decir más que: ¡Padre,
padre!, y cayó desvanecida a sus pies. María, cuando vio a su Hijo que iba
hacia el Calvario, no se desvaneció, no; porque como dice el P. Suárez, la
Madre de Dios no podía perder el uso de la razón; ni murió, pues Dios la
reservaba para un mayor dolor; pero si no murió sí sufrió un dolor capaz de
causar mil muertes.
Quería la Virgen abrazarlo, como dice san
Anselmo, pero los esbirros la rechazan, injuriándola, y empujan hacia adelante
al adorado Señor; y María lo sigue de cerca. Virgen santa, ¿a dónde vas? ¿Al
Calvario? ¿Te atreverás a ver colgado de la cruz al que es tu vida? San Lorenzo
Justiniano imagina que el Hijo le dice: Oh Madre mía, detente: ¿a dónde quieres
ir? Si vienes conmigo serás atormentada con mi dolor y yo con el tuyo. Pero a
pesar de que ver morir a Jesús le ha de costar un dolor tan acerbo, la amante
María no quiere dejarlo. El Hijo va delante, y la Madre junto a él para ser con
él crucificada. Dice Guillermo: La Madre llevaba su cruz y le seguía para ser
crucificada con él.
Escribe san Juan Crisóstomo: Hasta de las
fieras nos compadecemos. Si viéramos a una leona que va detrás de su cachorro
que lo llevan a matar, daría compasión. ¿Y no dará compasión ver a María junto
a su Cordero inmaculado que es llevado a la muerte? Tengamos compasión de ella
y procuremos acompañar a su Hijo y a ella también nosotros, llevando con
paciencia la cruz que nos manda el Señor. Pregunta san Juan Crisóstomo: ¿Por
qué Jesucristo quiso estar solo en los demás sufrimientos y en cambio, al
llevar la cruz, quiso ser ayudado por el Cireneo? Y responde: Para que
comprendas que la cruz de Cristo no te sirve de nada sin la tuya. No basta para
salvarte la sola cruz de Jesús si no llevamos con resignación la nuestra hasta
la muerte.
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