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Las madres, por lo común, no quieren
presenciar la muerte de sus hijos; pero si una madre se ve forzada a asistir a
un hijo que muere, procura darle todos los alivios posibles; le acomoda en el
lecho para que esté de la manera más confortable, le suministra bebida fresca y
así va la infeliz madre consolando su dolor. ¡Oh Madre, la más afligida de
todas! ¡Oh María, a ti te ha tocado asistir a Jesús moribundo, pero no has
podido darle ningún alivio! Oye María al Hijo, que dice: “Tengo sed”, pero no
pudo ella darle un poco de agua para refrescarlo. No pudo decirle otra cosa,
como observa san Vicente Ferrer, sino esto: Hijo no tengo más que el agua de
mis lágrimas. Veía que el Hijo en aquel lecho de dolor, colgado de aquellos
clavos, no encontraba reposo; quería abrazarlo para aliviarlo, al menos para
que expirase entre sus brazos, pero era imposible. Quería abrazarlo, dice san
Bernardo, pero las manos, extendidas en vano, volvían hacia sí vacías.
Veía a su pobre Hijo que en aquel mar de
penas andaba buscando quien le consolase, como lo había predicho por boca del
profeta: “El lagar lo pisé yo solo; de mi pueblo no hubo nadie conmigo; miré
bien y no había auxiliador” (Is 53, 3; 5); pero ¿quién iba a querer consolarlo
si todos los hombres eran sus enemigos, si aun estando en la cruz blasfemaron
de él y se le reían, unos de una manera y otros de otra? “Los que pasaban
blasfemaban contra él moviendo la cabeza” (Mt 27, 39). Unos le decían a la
cara: “Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz” (Mt 27, 42). Y otros: “Ha salvado
a otros y no puede salvarse a sí mismo”. “Si es el rey de Israel, baje ahora de
la cruz” (Mt 27, 42). Dijo la Santísima Virgen a santa Brígida: Oí a unos que
llamaban a mi Hijo ladrón y a otros que lo llamaban impostor; a algunos decir
que nadie merecía la muerte como él; y todas esas cosas eran como nuevas
espadas de dolor.
Pero lo que más acrecentó el dolor de María,
junto con la compasión hacia su Hijo, fue oírle lamentarse de que hasta el
eterno Padre le había abandonado: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?” (Mt 26, 46). Palabras, como dijo la Madre de Dios a santa Brígida,
que no se le pudieron ya apartar de la mente ni del corazón, mientras no hacía
otra cosa que ofrecer a la justicia divina la vida de su Hijo por nuestra
salvación. Por esto comprendemos que ella, por mérito de sus dolores, cooperó a
que naciéramos para la vida de la gracia, que por esto somos hijos de sus
dolores.

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