María hizo de su vida un acto de amor continuo

 


Como águila real, estaba siempre con los ojos puestos en el divino sol, de manera tal, dice san Pedro Damiano, que las actividades de la vida no le impedían el amor, ni el amor le obstaculizaba las actividades. Así es que María estuvo figurada en el altar de la propiciación en el que nunca se apagaba el fuego ni de noche ni de día.

Ni aun el sueño impedía a María amar a Dios. Y si semejante privilegio se concedió a nuestros primeros padres en el estado de inocencia, como afirma san Agustín, diciendo que tan felices eran cuando dormían como cuando estaban despiertos, no puede negarse que semejante privilegio lo tuvo también la Madre de Dios, como lo reconocen entre otros san Bernardino y san Ambrosio, que dejó escrito hablando de María: Cuando descansaba su cuerpo, estaba vigilante su alma, verificándose en ella lo que dice el Sabio: “No se apaga por la noche su lámpara” (Pr

31, 18). Y así es, porque mientras su cuerpo sagrado tomaba el necesario descanso, su alma, dice san Bernardino, libremente tendía hacia Dios, y así era más perfecta contemplativa de lo que hayan sido los demás cuando estaban despiertos. De modo que bien podía decir con la Esposa: “Yo dormía, pero mi corazón velaba” (Ct 5, 2). Era, como dice Suárez, tan feliz durmiendo como velando.

En suma, afirma san Bernardino, que María, mientras vivió en la tierra, constantemente estuvo amando a Dios. Y dice que ella no hizo sino lo que la divina sabiduría le mostró que era lo más agradable a Dios, y que lo amó tanto cuanto entendió que debía ser amado por ella. De manera que, habla san Alberto Magno, bien pudo decirse que María estuvo tan llena de santa caridad que es imposible imaginar nada mejor en esta tierra. Creemos, sin miedo a ser desmedidos, que la Santísima Virgen, por la concepción del Hijo de Dios recibió tal infusión de caridad cuanto podía recibir una criatura en la tierra. Por lo que dice santo Tomás de Villanueva que la Virgen con su ardiente caridad fue tan bella y de tal manera enamoró a su Dios, que él, prendado de su amor, bajó a su seno para hacerse hombre. Esta Virgen con su hermosura atrajo a Dios desde el cielo y prendido por su amor quedó atado con los lazos de nuestra humanidad. Por esto exclama san Bernardino: He aquí una doncella que con su virtud ha herido y robado el corazón de Dios.


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