Cuando una madre está junto al hijo que
sufre, sin duda padece todas las penas del hijo; pero cuando el hijo
atormentado ha muerto y va a ser sepultado y la madre tiene que despedirse de
su hijo, oh Señor, el pensamiento de que no ha de verlo más es superior a todos
los demás dolores. Esta es la última espada de dolor que hoy vamos a
considerar, cuando María, después de haber asistido al Hijo en la cruz, después
de haberlo abrazado ya muerto, debía finalmente dejarlo en el sepulcro,
quedando privada de su amada presencia.
Pero a fin de considerar
mejor este último misterio de dolor, volvamos al
Calvario para contemplar a
la afligida Madre que aún tiene abrazado al Hijo muerto.
Parece que le dijera con Job:
“Hijo, hijo mío, te has vuelto cruel conmigo” (Job 30, 21); sí, porque todas
tus bellas cualidades, tu hermosura, tu gracia, tu virtud, tus modales amables,
todas las muestras de amor especialísimo que me has dado se han trocado en
otras tantas flechas de dolor, que cuanto más me han inflamado en tu amor,
tanto más me hacen sentir ahora la pena cruel de haberte perdido. Hijo mío tan
amado, al perderte a ti lo he perdido todo. San Bernardo imagina que le habla
así: ¡Oh verdadero Hijo de Dios, tú eras para mí padre, hijo y esposo; tú eras
el alma mía! Ahora me veo huérfana de padre, quedo viuda sin esposo, me siento
desolada sin hijo; habiendo perdido al hijo, lo he perdido todo.
De este modo está María anegada en su dolor
abrazada a su Hijo; pero los santos discípulos, temiendo que esta pobre madre
muriese allí de dolor, se apresuraron a quitarle de su regazo aquel Hijo muerto
para darle sepultura. Por lo cual, con reverente violencia se lo quitaron de
los brazos y, embalsamándolo con aromas, lo envolvieron en la sábana ya
preparada, en la que quiso el Señor dejar al mundo impresa su figura, como se
ve hoy en Turín.
Ya lo llevan al sepulcro en fúnebre cortejo:
los discípulos lo cargan a hombros; los ángeles del cielo lo acompañan; las
santas mujeres van detrás, y con ellas la Madre dolorosa siguiendo al Hijo a la
sepultura. Llegados al lugar del sepulcro, cuánto hubiera deseado María quedar
en él con su Hijo si ésa hubiera sido su voluntad. Pero como no era ése el
divino querer, al menos acompañó al cuerpo sagrado de Jesús dentro del sepulcro
mientras lo colocaban allí. Al ir a rodar la piedra para cerrar el sepulcro,
los discípulos del Salvador debieron dirigirse a la Virgen para decirle: Ea,
Señora, hay que rodar la piedra; resígnate, míralo por última vez y despídete
de tu Hijo. Y la Madre dolorosa le diría: Hijo mío amadísimo, recibe el corazón
de tu amada Madre que dejo sepultado con el tuyo. Dijo la Virgen a santa
Brígida: Puedo decir con verdad que habiendo sido sepultado mi Hijo, allí
quedaron sepultados dos corazones.
Por fin ruedan la piedra y queda encerrado
en el santo sepulcro el cuerpo de Jesús, aquel gran tesoro, que no lo hay mayor
ni en el cielo ni en la tierra. Hagamos aquí una digresión: María deja
sepultado su corazón en el sepulcro con Jesús, porque Jesús es todo su tesoro.
“Donde está tu tesoro, allí está tu corazón” (Lc 12, 34). ¿Y nosotros dónde
tenemos puesto nuestro corazón? ¿Tal vez en las criaturas? ¿En el fango? ¿Y por
qué no en Jesús que aun habiendo ascendido al cielo ha querido quedarse, no ya
muerto, sino vivo en el santísimo Sacramento del altar para tenernos consigo y
poseer nuestros corazones?
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