Después se aleja de la cruz y retorna a
casa. Entrando en ella mira en torno, pero ya no ve a Jesús, y le vienen a la
memoria todos los recuerdos de su hermosa vida y de la despiadada muerte. Se
acuerda de los primeros abrazos que le dio al Hijo en la gruta de Belén, de los
coloquios tenidos con él durante tantos años en la casita de Nazaret; le vienen
a la mente las constantes muestras de afecto mutuo, las tiernas miradas llenas
de amor, las palabras de vida eterna que salían siempre de su boca divina. Pero
luego se le representan las terribles escenas vividas aquel mismo día; se le
representan aquellos clavos, aquella carne lacerada de su Hijo, aquellas llagas
profundas, aquellos huesos a la vista, aquella boca entreabierta, aquellos ojos
sin vida. ¡Qué noche aquella de dolor para María! Contemplando a san Juan, la
Madre dolorosa le preguntaría: Juan, ¿dónde está tu maestro? Después le
preguntaba a Magdalena: Dime, hija, ¿dónde está tu amado? ¿Quién te lo ha
quitado? Llora María y con ella todos los que la acompañan.
Y tú, alma mía, ¿no lloras? Vuelto hacia
María, dile con san Buenaventura: Déjame, Señora mía, que llore contigo; tú
eres la inocente y yo soy el reo. Ruégale que al menos te admita a llorar con
ella: haz que llore contigo. Ella llora por amor, llora tú de dolor por tus
pecados. Y de esta manera, llorando tú, podrás tener la gracia de aquel de
quien se habla en el siguiente ejemplo.

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