María en la despedida a Jesús



 

Reveló la Virgen a santa Brígida que cuando se acercaba el tiempo de la pasión, sus ojos estaban siempre llenos de lágrimas pensando en el amado Hijo que lo iba a perder en esta tierra, y que tenía un sudor frío por el temor que le asaltaba al pensar en el próximo espectáculo tan lleno de dolor. Y ya cercano el día, fue Jesús llorando a despedirse de la Madre para ir a la muerte. San Buenaventura, considerando lo que haría María aquella noche, le habla así: Sin dormir la pasaste, y mientras los demás dormían tú permaneciste en vela. Llegada la mañana venían los discípulos de Jesucristo a esta afligida madre, quién a traerle una noticia y quién otra, pero todas de dolor, cumpliéndose en ella el texto de Jeremías: “Llora que llora por la noche y las lágrimas surcan sus mejillas; ni uno hay que la consuele de todos los que la quieren” (Lm 1, 2).

Uno venía a referirle los  malos tratos cometidos contra su Hijo en casa de Caifás, otro le refería los desprecios que le hizo Herodes. Llegó finalmente san Juan y le anunció que el injustísimo Pilatos lo había condenado a muerte de cruz. He dicho injustísimo porque, como nota san León, este juez inicuo, lo mandó a la muerte. Oh Madre dolorosa, le diría san Juan, tu Hijo ya ha sido sentenciado a muerte y ya ha salido llevando él mismo la cruz camino del Calvario; así lo registró el Evangelio: “Y llevando la cruz salió hacia el lugar que llaman Calvario” (Jn 19, 17); ven, si quieres verlo y darle el último adiós en el camino por donde ha de pasar.

Parte María con Juan, y por las huellas de sangre que ve por las calles advierte que ya ha pasado por allí su Hijo. Como ella le reveló a santa Brígida: Por las huellas conocí por dónde había pasado mi Hijo, pues aparecía la tierra ensangrentada. Dice san Buenaventura que la afligida Madre, acortando por una calle, fue a desembocar en la calle por donde había de pasar su Hijo atribulado. Dice san Bernardo: la más afligida de las madres va al encuentro del más afligido de los hijos. Esperó María en aquel lugar; ¡y cuántos escarnios tuvo que oír de los judíos que la conocían dirigidos contra su Hijo y, tal vez, contra ella misma!

 

Comentarios