María desea que amemos a Dios



porque la Virgen amó tanto a su Dios, por eso lo que más pide a sus devotos es que lo amen cuanto puedan. Así se lo dijo a la beata Ángela de Foligno: Ángela, bendita seas por mi Hijo; procura amarlo cuanto puedas. Y a santa Brígida le dijo: Si quieres estar unida a mí, ama a mi Hijo. Nada desea María como ver amado a su amado que es el mismo Dios. Pregunta Novarino: Por qué la Santísima Virgen suplicaba a los ángeles con la Esposa de los Cantares que hicieran conocer a su Señor el gran amor que le tenía al decir: “Yo os conjuro, hijas de Jerusalén; si encontráis a mi amado, ¿qué le habéis de anunciar? Que enferma estoy de amor” (Ct 5, 8). ¿Es que no sabía Cristo cuánto la amaba? ¿Por qué le muestra la herida al amado que se la hizo? Responde el autor citado que con esto la Madre de Dios quiso mostrar su amor, no a Dios, sino a nosotros, para que así como ella estaba herida, pudiera herirnos a nosotros con el amor divino. Para herir la que estaba herida. Y porque ella fue del todo llamarada de amor a Dios, por eso a todos los que la aman y se le acercan María los inflama y los hace semejantes a ella. Santa Catalina de Siena la llamaba la portadora del fuego del divino amor. Si queremos también nosotros arder en esta divina llama, procuremos acudir siempre a nuestra Madre con las plegarias y con los afectos.

María, reina del amor, eres la más amable, la más amada y la más amante de todas las criaturas. Como te decía san Francisco de Sales: Madre mía, tú que ardes siempre y toda en amor a Dios, dígnate hacerme partícipe, al menos, de una chispita de ese amor. Tú rogaste a tu Hijo por aquellos esposos a los que les faltaba el vino diciéndole: “No tienen vino”. ¿No rogarás por nosotros a los que nos falta el amor de Dios, nosotros que tan obligados estamos a amarlo? Dile simplemente: “No tienen amor”, y alcánzanos ese amor. No te pido otra gracia más que ésta. Oh Madre, por el amor que tienes a Jesús, ruega por nosotros. Amén.


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