Dios, que es amor (1Jn 4, 8), vino a la tierra para inflamar a todos en el divino amor. Pero ningún corazón quedó tan inflamado como el de su Madre, que siendo del todo puro y libre de afecto terrenales estaba perfectamente preparado para arder en este fuego bienaventurado. Así dice san Jerónimo: Estaba del todo incendiada con el divino amor, de modo que nada mundano estorbaba el divino afecto, sino que todo era un ardor continuo y un éxtasis en el piélago del amor. El corazón de María era todo fuego y todo llamas, como se lee en los Sagrados Cantares: “Dardos de fuego son sus saetas, una llama de Yavé” (Ct 8, 6). Fuego que ardía desde dentro, como explica san Anselmo, y llamas hacia fuera iluminando a todos con el ejercicio de todas las virtudes. Cuando María llevaba a su Jesús en brazos podía decirse que era un fuego llevando a otro fuego. Porque como dice san Ildefonso, el Espíritu Santo inflamó del todo a María como el fuego al hierro, de manera que en ella sólo se veía la llama del Espíritu Santo, y por tanto sólo se advertían en ella las llamas del divino amor. Dice santo Tomás de Villanueva que fue símbolo del corazón de la Virgen la zarza sin consumirse que vio Moisés. Por eso, dice san Bernardo, fue vista por san Juan vestida de sol. “Apareció una gran señal en el cielo: la mujer vestida del sol” (Ap. 12, 1). Tan unida estuvo a Dios por el amor dice el santo, que no es posible lo esté más ninguna otra criatura.
Por esto, asegura san Bernardino, la Santísima Virgen no se vio jamás tentada del infierno, porque así como las moscas huyen de un gran incendio, así del corazón de María, todo hecho llamas de caridad, se alejaban los demonios sin atreverse jamás a acercarse a ella. Dice Ricardo de modo semejante: La Virgen fue terrible para los príncipes de las tinieblas, de modo que ni pretendieron aproximarse a ella para tentarla, pues les aterraban las llamas de su caridad. Reveló la Virgen a santa Brígida que en este mundo no tuvo otro pensamiento ni otro deseo ni otro gozo más que a Dios. Escribe el P. Suárez: Los actos de amor que hizo la bienaventurada Virgen en esta vida fueron innumerables, pues pasó la vida en contemplación reiterándolos constantemente. Pero me agrada más lo que dice san Bernardino de Bustos, y es que María no es que repitiera constantemente los actos de amor, como hacen los otros santos, sino que por singular privilegio amaba a Dios con un continuado acto de amor.

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