Es cosa de admirar una nueva clase de
martirio: una madre condenada a ver morir ante sus ojos, ejecutado con bárbaros
tormentos, a un hijo inocente y al que amaba con todo su corazón. “Estaba junto
a la cruz su Madre” (Jn 19, 25). No se le ocurre a san Juan decir otra cosa
para ponderar el martirio de María; contémplala junto a la cruz a la vista de
su Hijo moribundo y después dirás si hay dolor semejante a su dolor.
Detengámonos también nosotros hoy en el Calvario a considerar esta quinta
espada que traspasó el corazón de María por la muerte de Jesús.
Apenas llegado al Calvario el Redentor,
rendido de fatiga, los verdugos lo despojaron de sus vestiduras y clavaron a la
cruz sus sagradas manos y sus pies con clavos, no afilados sino romos para más
atormentarlo, como dice san Bernardo.
Una vez crucificado
levantaron la cruz, y así lo dejaron hasta que muriera.
Lo abandonaron los verdugos, pero no lo
abandonó María. Entonces se acercó más a la cruz para asistir a su muerte. Le
dijo la Santísima Virgen a santa
Brígida: Yo no me separaba
de él y estaba muy próxima a su cruz. San
Buenaventura le habla así:
Señora, ¿de qué te sirvió el ir al Calvario para ver morir a
este Hijo? ¿Por qué no te
detuvo la vergüenza y el horror de semejante crimen? Debía retenerte la
vergüenza, ya que su oprobio era también el tuyo siendo su Madre. Al menos
debiera detenerte el horror de semejante delito al ver un Dios crucificado por
sus mismas criaturas. Pero responde el mismo santo: Es que tu corazón no
pensaba en su propio sufrimiento, sino en el dolor y en la muerte del Hijo
amado; y por eso quisiste tú misma asistirle, al menos acompañándole.
Dice el abad Guillermo: Oh verdadera Madre,
Madre llena de amor, a la que ni siquiera el espanto de la muerte pudo separar
del Hijo amado. Pero, oh Señor, ¡qué espectáculo tan doloroso era el ver a este
Hijo agonizando sobre la cruz y ver agonizar a esta Madre que sufría todas las
penas que padecía el Hijo! María reveló a santa Brígida el estado lamentable de
su Hijo moribundo como ella lo vio en la cruz. Está mi amado Jesús en la cruz
con todas las ansias de la agonía: los ojos hundidos, entornados y mortecinos;
las mejillas amoratadas y el rostro de mudado, la boca entreabierta, los
cabellos ensangrentados, la cabeza caída sobre el pecho, el vientre contraído,
los brazos y las piernas entumecidos y todo su cuerpo lleno de llagas y de
sangre.

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