por una parte, vemos cuan grande sea este pecado, por otra vemos también cómo Dios lo castiga con mucho rigor, según voy a mostraros ahora con un ejemplo. Leemos en la Sagrada Escritura (II Reg., XIV.), que el rey Jeroboam envió a su mujer al encuentro del profeta Abias, a fin de consultarle acerca de la enfermedad de su hijo. Para ello hizo que su mujer se disfrazase y presentase toda la apariencia de una persona de gran piedad. Usó de este artificio, por temor de que el pueblo no se diese cuenta de que consultaba al profeta del verdadero Dios y le echase en cara la falta de confianza en sus ídolos. Mas, si podemos engañar a los hombres, no podemos engañar a Dios. Cuando aquella mujer entró en la morada del profeta, sin que el la viese, le dijo en alta voz: «Mujer de Jeroboam, ¿por qué finges ser otra de la que eres?. Ven, hipócrita, voy a anunciarte una mala noticia de parte del Señor. Sí, una mala noticia, escúchala: el Señor me ha ordenado decirte que va a precipitar sobre la casa de Jeroboam toda suerte de males; hará que perezcan hasta los animales; los de la casa que mueran en el campo, serán comidos de los pájaros, y los que mueran en la ciudad serán comidos de los perros. Anda, mujer de Jeroboam, anda a anunciar esto a tu marido. Y en el mismo momento en que pondrás los pies en la ciudad, tu hijo morirá». Todo aconteció tal como había predicho el profeta del Señor; ni uno sólo escapo a la venganza divina.
Ya veis la manera cómo el Señor castiga el pecado de
hipocresía. Cuántas personas, engañadas por el demonio sobre este punto, no
solamente pierden todo el mérito de sus buenas obras, sino que ellas vienen a
convertirse en motivo de condenación. Sin embargo, debo advertiros que no es la
magnitud de las acciones lo que les da magnitud de mérito, sino la pureza de
intención con que las practicamos. El Evangelio nos presenta un claro ejemplo a
este respecto. Refiere San Marcos (Marc., XII, 41-44.) que, habiendo entrado
Jesús en el templo, se colocó frente al cepillo donde se echaban las limosnas.
Observo allí la manera cómo el pueblo echaba el dinero; vio a muchos ricos que
ofrecían grandes cantidades; pero vio también a una pobre viuda que se acerco
humildemente al lugar aquel y metió solamente dos piezas de moneda pequeña.
Entonces Jesucristo llamó a sus apóstoles, y les dijo: «Aquí veis mucha gente
que ha puesto considerables limosnas en el cepillo, más fijaos también en esa
pobre viuda que no ha echado más que dos óbolos; ¿que pensáis de tal
diferencia?. Juzgando según las apariencias, creeréis tal vez que los ricos
tienen más mérito, pero yo os digo que esa viuda ha dado más que nadie, ya que
los ricos dieron de lo que les sobra, pero esa pobre mujer ha dado de lo que le
es necesario; la mayor parte de los ricos en sus dádivas buscaron la estimación
de los hombres para que se los considere mejores de lo que son, al paso que esa
viuda ha dado solamente con la intención de agradar a Dios». Ejemplo admirable
que nos enseña con que pureza de intención y con qué humildad hemos de realizar
nuestras obras, si queremos que sean merecedoras de recompensa. Cierto que Dios
no nos prohíbe ejecutar nuestros actos delante de los hombres; pero quiere
también que, en los motivos de nuestras acciones, para nada entre el mundo y
que sólo a Él sean consagradas.

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