¡Oh, Dios de amor; oh amor de mi alma!

 


Benignísimo Señor, amabilísimo Salvador mío, aquí estoy ante este altar, visitando en este día; mas Vos me pagáis esta visita con amor infinito, cuando venís a mi alma en la Santa Comunión. Entonces no sólo os manifestáis a mi, sino que os hacéis mi alimento, y todo os entregáis y unís a mi alma; de suerte que puedo con verdad decir: Ahora, mi buen Jesús, sois todo mío.

 

Pues, Señor, ya que os entregáis del todo a mí, razón es que yo me entregue enteramente a Vos...Soy un vil gusanillo de la tierra, y Vos el Rey del universo... ¡Oh, Dios de amor; oh amor de mi alma! ¿Cuándo lograré verme del todo vuestro, no sólo en palabras, sino también en obras? Vos podéis hacerlo. Acrecentadme la confianza, por los méritos de vuestra sangre, a fin de que obtenga seguramente de Vos la gracia de verme, antes de la muerte, todo vuestro y nada mío.

 

Deseo amaros con todas mis fuerzas y obedeceros en cuanto queráis. Sin interés, sin consolación, sin premio. Quiero serviros sólo por amor, sólo por agradaros, sólo por complacer a vuestro Corazón, tan apasionadamente enamorado de mí.

 

Amaros será mi premio. Oh, Hijo amado del Eterno Padre, tomad mi libertad, mi voluntad, todas mis cosas, y a mí mismo enteramente, y daos a mí. Os amo y os busco, por Vos suspiro; os quiero, os quiero, os quiero.

 

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