Anda, ciego infeliz, jamás te conociste, no eres más que un hipócrita

 


Cuántas personas; a pesar de practicar muchas obras buenas, se pierden por no conocer cómo debieran su religión. Algunos se entregarán a la oración, y pasta frecuentarán los sacramentos; pero al mismo tiempo conservarán siempre los mismos vicios, y acabarán por familiarizarse con Dios y con el pecado. ¡Ay!, ¡cuán grande es el número de esos infelices!. Mirad a aquel que parece ser un buen cristiano, hacedle observar que con su proceder esta perjudicando a alguien, hacedle notar sus defectos, convencedle de alguna injusticia consentida quizás en lo íntimo de su corazón; pronto le veréis montar en cólera y aborreceros. El odio y el enojo se apoderarán del él... Mirad a otro : porque no le juzgáis digno de acercarse a la Sagrada Mesa, os contestará enojado, y concentrará contra vos su odio, cual si hubieseis sido causa de que le sobreviniera algún mal. Otros, en cuanto les acaece alguna pena o contrariedad, en seguida abandonan los sacramentos y las funciones piadosas. Cuando un feligrés tiene alguna cuestión con su párroco, en seguida germina el odio en su corazón, sin considerar que lo que le habrá advertido su pastor iba encaminado al bien de su alma. Desde aquel momento sólo hablará mal del párroco, se complacerá oyendo murmurar de él, y echará a mala parte todo cuanto del sacerdote se diga. ¿De donde proviene esto?. Es porque aquella persona posee sólo una falsa devoción, y nada más. En otra ocasión, será uno a Quién habréis negado la absolución o la Sagrada Comunión; miradle cómo se revuelve contra su confesor, a Quién tratará peor que a un demonio. Y no obstante, de ordinario le veréis servir a Dios con fervor y os hablará de las cosas santas cual un ángel en cuerpo humano. ¿Por qué tanta inconstancia?. Porque es un hipócrita que no se conoce ni se conocerá tal vez nunca, y, con todo, no quiere ser tenido por tal.

A otros veréis que, bajo el pretexto de que tienen alguna apariencia de virtud, si uno se encomienda en sus oraciones para obtener alguna gracia, en cuanto habrán hecho algunas oraciones, en seguida os preguntaran si se ha conseguido lo que pidieron. 

Si sus oraciones no fueron oídas, las redoblan con más ahínco: llegan a creerse capaces de obrar milagros. Pero si no se alcanzó lo que pedían, los veréis desanimados, llegando a perder toda afición a orar. Anda, ciego infeliz, jamás te conociste, no eres más que un hipócrita. A otro oiréis hablar de Dios con gran ardor; si aplaudís su celo, llegará a derramar lágrimas, pero si le decís algo que no sea de su gusto, en seguida levantará la cabeza; más, no atreviéndose a mostrarse tal cual es, os guardará un odio perdurable en su corazón.¿Por que esto, sino porque su religión es sólo de capricho y esta supeditada a sus inclinaciones?. Engañáis al mundo y os engañáis a vosotros mismos; pero a Dios no le engañáis; y Él os hará ver un día cómo sólo fuisteis un hipócrita.¿ Queréis saber lo que es la falsa virtud?. Aquí tenéis un ejemplo. Leemos en la historia que un solitario se fue a encontrar a San Serapio para encomendarse en sus oraciones; San Serapio le dijo que rogase por él, pero el otro le respondió, con palabras que revelaban la mayor humildad, que no merecía tanta dicha, pues era un gran pecador. El Santo le dijo entonces que se sentase a su lado, más el contestó que era indigno de ello. Al llegar a este punto, el Santo, para conocer si aquel solitario era tal cómo quería aparentar, le dijo: «Creo, amigo mío, que harías mejor permaneciendo en vuestra soledad, que no vagando por el desierto cual hacéis». Esta palabras le encolerizaron en gran manera. «Amigo mío, repuso el Santo, acabáis de decirme que sois un gran pecador, hasta el punto que os considerabais indigno de sentaros a mi lado, y ahora, porque os dirijo unas palabras llenas de caridad, dais ya rienda suelta a vuestra cólera. Vamos, amigo mío, no poseéis mas que una falsa virtud, o mejor, no poseéis ninguna».(Vida de los Padres del desierto, t. 11, pág. 417.). ¡Cuántos cristianos hay semejantes a este infeliz!, por sus palabras parecen santos, pero, a la menor expresión que no sea de su gusto, los vemos ya fuera de sí, poniendo al descubierto la miseria de su alma.

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