A cualquier alma que visita a Jesús en el
Santísimo Sacramento, le dice el Señor las palabras que dijo a la Sagrada
Esposa: Levántate, date prisa, amiga mía,
hermosa mía, y ven. Alma que me visitas, levántate de tus miserias que aquí estoy yo para enriquecerte de
gracias. Date prisa, llégate cerca de
mí, sin temer mi Majestad, que se humilla en este Sacramento para quitarte el
temor y darte confianza. Amiga mía:
ya no eres mi enemiga, sino mi amiga, porque me amas y yo te amo. Hermosa mía: la gracia te hermosea. Y
ven, ven acá; abrázate conmigo y pídeme lo que quieras con suma confianza.
Decía Santa Teresa que este gran Rey de la
Gloria se ha ocultado bajo las especies de pan en el Sacramento y ha cubierto
su Majestad, para animarnos a llegar con más confianza a su divino Corazón.
Acerquémonos, pues, a Jesús con gran
confianza y afecto; unámonos con ÉL y pidámosle mercedes.
¡Cuál debe ser mi gozo, oh Verbo eterno
hecho hombre y Sacramento por mí, sabiendo que estoy delante de Vos, que sois
mi Dios, Majestad infinita, infinita bondad, que tanto amor tenéis a mi alma!
¡Almas que amáis a Dios, dondequiera que estéis, en el Cielo o en la tierra,
amadle también por mí! María, madre mía, ayudadme a amarle; y Vos, Señor
amadísimo, sed el único objeto de todos mis amores. Imperad en mi voluntad y
poseedme por entero.
Os consagro mi entendimiento, para que
piense siempre en vuestra bondad; os consagro mi cuerpo, para que me ayude a
complaceros; os consagro mi alma, para que sea enteramente vuestra. Quisiera,
amado de mi alma, que todos los hombres conociesen el tierno amor que les
tenéis, a fin de que todos viviesen sólo para honraros y complaceros, como
deseáis y merecéis. Viva yo a lo menos siempre enamorado de vuestra belleza
infinita.
.jpg)
Comentarios
Publicar un comentario