Leemos en la historia que un predicador, debiendo
predicar en un hospital, escogió por asunto los sufrimientos. Expuso cómo los
sufrimientos sirven para atesorar grandes méritos para el cielo, e hizo
resaltar lo agradable que es a Dios una persona que sabe sufrir con paciencia.
En dicho hospital había un pobre enfermo que, desde hacia muchos años estaba
padeciendo mucho, pero, por desgracia, quejándose continuamente; por lo oído en
aquel sermón, comprendió el gran tesoro de bienes celestiales que había perdido
y, terminado el sermón, se puso a llorar y a dar extraordinarios gemidos. Lo
vio un sacerdote, y le preguntó por que mostraba tanta tristeza, advirtiéndole
que, si era porque alguien le había causado aquella pena, el era el
administrador y podía hacerle justicia. Aquel infeliz contestó: «¡Oh!, no
Señor, nadie me ha hecho mal alguno, yo mismo soy Quién me he dañado.-¿Cómo?,
le preguntó el sacerdote.- Señor, después de sufrir tantos años, ¡cuántos
bienes he perdido, con los cuales hubiera merecido el cielo si hubiese sabido
llevar la enfermedad con paciencia!.
¡Ay!, ¡cuan desgraciado soy!, yo me consideraba tan
digno de lástima; si hubiese comprendido la realidad de mi estado, sería la
persona más feliz del mundo». Cuántas personas hablarán de la misma manera a la
hora de la muerte, siendo así que sus penas, sufridas con ánimo de agradar a
Dios, les hubieran ganado -el cielo; ahora, en cambio, usando mal de ellas,
sólo sirven para su perdición. A una mujer que desde mucho tiempo se hallaba
sepultada en una cama sufriendo horribles dolores, y a pesar de ello parecía
estar enteramente satisfecha, habiéndosele preguntado que era lo que la animaba
a mantenerse tranquila en un estado tan digno de compasion, contesto: «Al
pensar que Dios es testigo de mis sufrimientos y que por ellos me premiara por
una eternidad, experimento una alegría tal, sufro con tanto placer, que no
cambiaría mi situación por todos los imperios del mundo». Ya veis, pues, cómo
los que tienen la dicha de adornar su corazón con esta hermosa virtud, logran
pronto cambiar sus dolores en delicias.
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