rompió para siempre los lazos de las malas compañías

 


En todas nuestras penas, sean del alma, sean del cuerpo, después de Dios, hemos de concebir una gran confianza en la Virgen María. Ved aquí otro ejemplo, el cual hará mover en vosotros una tierna confianza en la Santísima Virgen, sobre todo cuando queráis concebir grande horror al pecado. El bienaventurado San Ligorio refiere que una gran pecadora llamada Elena acertó un día a entrar en un templo, y la casualidad, o mejor la Providencia, todo lo dispone en bien de sus escogidos, quiso que oyese un sermón, que se estaba predicando, sobre la devoción del Santo Rosario. Quedó tan bien impresionada con lo que el predicador decía acerca de las excelencias y saludables frutos de aquella santa devoción, que sintió deseos de poseer un rosario. Terminado el sermón, fue a comprar uno; pero durante macho tiempo tuvo mucho cuidado en ocultarlo para que no se burlasen de ella. Comenzó a rezar cada día el Rosario, más sin gusto y con poca devoción. Pasado algún tiempo, la Virgen hizo que experimentase tanta devoción y placer en aquella práctica, que no se cansaba de ella; aquella devoción, tan agradable a la Santísima Virgen, le mereció una mirada compasiva, la cual le hizo concebir un tan grande aborrecimiento y horror de su vida pasada, que su conciencia se transformó en un infierno, y la inquietaba sin descanso noche y día. Desgarrada continuamente por sus punzantes remordimientos, no podía ya resistir a la voz interior que le presentaba el sacramento de la Penitencia cómo el único remedio para conseguir la paz por ella tan deseada, la paz quo había buscado inútilmente en todas partes; aquella voz le decía que el sacramento de la Penitencia era el único remedio a los males de su alma. Invitada por aquella inspiración, empujada y guiada por la gracia, fue a echarse a los pies del ministro del Señor, al que descubrió todas las miserias de su alma, es decir, todos sus pecados; confesóse con tanta contrición y con tanta abundancia de lágrimas, que el sacerdote quedó admirado en gran manera, no sabiendo a que atribuir aquel milagro de la gracia. Acabada la confesión, Elena fue a postrarse ante el altar de la Santísima Virgen, y allí, penetrada de los más vivos sentimientos de gratitud, exclamó: «Virgen Santísima, es verdad que hasta el presente he sido un monstruo; más Vos, con el gran poder que tenéis delante de Dios, ayudadme a corregirme; desde ahora propongo emplear el resto de mis días en hacer penitencia». Desde aquel momento, y de regreso ya a su casa, rompió para siempre los lazos de las malas compañías que pasta entonces la habían retenido en los más abominables desórdenes; repartió todos sus bienes a los pobres, y se entregó a todos los rigores y mortificaciones que inspirarle pudieron el amor a Dios y el remordimiento de sus pecados. Para que quedase premiada la gran confianza que aquella mujer había depositado en la Virgen María, en su última hora se le aparecieron Jesús y la Santísima Virgen, y en sus manos entregó su alma hermosa, purificada por la penitencia y las lágrimas; de manera que, después de Dios, fue a la Santísima Virgen a Quién debió aquella gran penitente su salvación. 

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