Semejante dolor no tuvo medida desde que fue hecha madre del Salvador. Al contemplar con dolor todos los tormentos que debía sufrir su pobre hijo, sufrió un largo y continuo martirio, como dice el abad Ruperto. Esto significó la visión que tuvo santa Brígida en Santa María la Mayor, cuando se le apareció la Virgen con el santo anciano Simeón y un ángel que portaba una gran espada ensangrentada, significando con ello el acerbo y prolongado dolor que traspasó a María durante toda su vida. El abad Ruperto, antes nombrado, hace hablar así a María: Almas redimidas, queridas hijas mías, no os compadezcáis solamente por la hora en que vi morir a mi amado Jesús, pues la espada del dolor profetizada por Simeón me traspasó el alma durante toda la vida. Cuando amamantaba a mi hijo y mientras le daba calor entre mis brazos, ya pensaba en la amarga muerte que le esperaba; considerad así cuán largo y áspero fue el dolor que tuve que sufrir.
Por eso podía muy bien decir por boca de David: “Mi vida se consume en aflicción y en suspiros mis años” (Sal 30, 11); y: “Mi tormento son cesar ante mí” (Sal 37, 18). Mi vida pasó toda con dolor y lágrimas, pues sufría compadeciendo a mi amado Hijo por su pasión que no se apartaba jamás de mis ojos, contemplando siempre todas las penas y la muerte que un día había de sufrir.
El tiempo, de ordinario, mitiga el dolor a los que sufren. A María, conforme avanzaba el tiempo, más se le acrecentaba el sufrimiento, pues conforme iba creciendo Jesús, más hermoso y amable se mostraba, de una parte, y por otra, acercándose cada vez más el tiempo de su muerte cada vez más crecía en el corazón de María el dolor de tenerlo que perder en esta vida. Como crece la rosa entre las espinas, dijo el ángel a santa Brígida, así la Madre de Dios pasaba los años entre tribulaciones; y como al crecer las rosas crecen las espinas, así María, esta rosa elegida del Señor, cuanto más crecía, tanto más le atormentaban las espinas de su dolor.

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