De modo que los mártires, cuanto más amaban a Jesús, tanto menos sentían los tormentos ni la muerte, y la contemplación de los sufrimientos de un Dios crucificado, era suficiente para consolarlos. Pero nuestra Madre dolorosa ¿acaso tenía consuelo con el amor de su Hijo y a la vista de sus sufrimientos? Ciertamente que no, porque el mismo Hijo que padecía era la causa de todo su dolor, y el amor que le tenía era el único y el más cruel verdugo; es que el martirio de María consistió en ver y compadecer al inocente y amado Hijo que sufría sin medida.
Por lo que cuanto más lo amaba, tanto más su dolor era amargo y sin consuelo. “Grande como el mar es tu quebranto. ¿Quién se apiadará de ti?” Reina del cielo, a los demás mártires, el amor les ha mitigado las penas y sanado las heridas, pero a ti ¿quién te ha suavizado tu gran aflicción? ¿Quién ha restañado las heridas tan dolorosas de tu corazón? ¿Quién se compadecerá de ti si ese mismo Hijo que podía consolarte, es con sus tormentos la única razón de tu padecer y el amor que le tienes es el que te causa todo ese martirio? Los demás mártires –como observa Díez– se representan con los instrumentos de su martirio; san Pablo con la espada, san Andrés con la cruz, san Lorenzo con la parrilla, pero María se representa con su Hijo muerto en su regazo, porque Jesús fue el único instrumento de su martirio por razón del amor que le tenía. San Bernardo condensa así todo lo dicho en pocas palabras: En los demás mártires la grandeza del amor alivió el dolor de los tormentos; en María, cuanto más amó, mayor fue el sufrimiento y más cruel su martirio.
Es cierto que cuanto más se ama una cosa, más se siente perderla. Más se siente la muerte de un hermano que la de un irracional, y más la muerte de un hijo que la de un amigo. Para comprender cuánto fue el dolor de María en la muerte de su Hijo –dice Cornelio Alápide– sería necesario comprender cuánto era el amor que le tenía. Pero ¿quién puede medir semejante amor? Dice san Amadeo que en el corazón de María estaban juntas dos formas de amor a su Jesús; el amor sobrenatural con que lo amaba como a su Dios, y el amor natural con que lo amaba a su Hijo. Y de estos dos amores se formó uno solo tan inmenso que Guillermo de París llega a decir que la Santísima Virgen amó a Jesús cuanto es capaz de amar la criatura humana. Por lo que dice Ricardo de San Lorenzo, igual que no hay amor como su amor, así no hay dolor como su dolor. Y si inmenso fue el amor hacia su Hijo, inmenso también tuvo que ser el dolor de perderlo con la muerte. Donde hay supremo amor –dice san Alberto Magno– allí hay supremo dolor.
Imaginémonos a la Madre de Dios, a la vista de su Hijo moribundo en la cruz, que aplicándose las palabras de Jeremías, nos dice: “Oh vosotros todos los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor” (Jr 1, 12). Vosotros los que pasáis por el camino de la vida y no tenéis compasión de mí, deteneos un momento y contempladme ahora que veo morir a este mi amado Hijo, y después considerad si, entre todos los afligidos y atormentados, hay alguno con un dolor semejante al mío. No puede encontrarse, oh Madre dolorosa –responde san Buenaventura– un dolor más amargo que el tuyo, porque no puede encontrarse un
Hijo más querido que el tuyo. Jamás hubo en el mundo –dice Ricardo de San
Lorenzo– un hijo más amable que Jesús, ni madre más amante de un hijo, que María. Si no ha existido en el mundo un amor semejante al de María ¿cómo se podrá encontrar un dolor semejante al de María?
Por eso san Ildefonso no dudó en afirmar que era poco decir que los dolores de la Virgen superaron a todos los dolores de todos los mártires juntos. Y san Anselmo añade que los suplicios más crueles de todos los mártires, fueron ligeros en comparación con los dolores del martirio de María. Y también san Basilio escribe que así como el sol aventaja en esplendor a todos los astros, así María con sus sufrimientos, superó a los de todos los mártires. Un docto autor expresa un bello sentimiento. Y dice que fue tan grande el dolor que sufrió esta tierna Madre en la pasión de Jesús, que sólo ella fue capaz de compadecer dignamente la muerte de un Dios hecho hombre.

Comentarios
Publicar un comentario