María, recibida por Jesucristo

 



 

Después que Jesucristo nuestro Salvador hubo cumplido la obra de la redención con su muerte, anhelaban los ángeles tenerlos consigo en su patria del cielo, por lo que continuamente le rogaban con las palabras de David: “Levántate, Señor, ven a tu descanso, tú y el arca de la santificación” (Sal 131, 8). Señor, ya que has redimido a los hombres, ven a tu reino con nosotros y trae contigo el arca viva de tu santificación que es tu santa Madre, arca santificada por ti al habitar en su seno. San Bernardino habla así: Que suba María tu Madre santísima, santificada por tu concepción. Quiso el Señor complacer a los santos del cielo llamando a María al paraíso. Él quiso que el arca de la Alianza entrara con gran pompa en la ciudad de David: “David y toda la casa de Israel llevaban el arca del testamento del Señor con júbilo y entre clamor de trompetas” (1R 6, 14). Con cuánto mayor pompa y esplendor dispuso Dios que su Madre entrara en el paraíso. El profeta Elías fue llevado al cielo en un carro de fuego que, según los comentaristas no fue sino un grupo de ángeles que se lo llevaron de la tierra. Pero para conducir al cielo a María, dice el abad Ruperto, no bastó un grupo de ángeles, sino que vino a acompañarla el mismo rey del cielo con toda su corte celestial.

Del mismo sentir es san Bernardino de Siena al decir que Jesucristo, para hacer más honroso el triunfo de María, él mismo salió a su encuentro para acompañarla. Tanto es así, al decir de san Anselmo, que el Redentor quiso subir al cielo antes que María no sólo para prepararle el trono en el paraíso, sino también para hacer más gloriosa su entrada en el cielo al verse acompañada de él mismo y de todos los bienaventurados.

San Pedro Damián, contemplando el esplendor de la Asunción de María al cielo, dice que, en cierto modo, es más gloriosa que la Ascensión de Jesucristo, porque sólo los ángeles salieron al encuentro de Jesucristo, pero la Virgen fue asunta al cielo en compañía del Señor de la gloria y de toda la bienaventurada compañía de los ángeles y de los santos.

El abad Guérrico pone en labios del Verbo de Dios estas palabras: Yo, por dar gloria a mi Padre, bajé del cielo a la tierra; pero después, para glorificar a mi Madre santísima, subí de nuevo al cielo para poder así salir a su encuentro y acompañarla al paraíso.

Consideremos ya cómo viene el Salvador desde el cielo al encuentro de María y le dice para consolarla: “Levántate, apresúrate, amiga mía, paloma mía, y ven, que ya ha pasado el invierno” (Ct 2, 10). Ven, querida Madre mía, mi hermosa y pura paloma; deja este valle de lágrimas en que tanto has sufrido por amor mío: “Ven del Líbano, esposa mía; ven del Líbano y serás coronada” (Ct 4, 8). Ven en cuerpo y alma a disfrutar del premio de tu santa vida. Si mucho has sufrido en la tierra, sin comparación mayor es la gloria que te tengo preparada en el cielo. Ven a sentarte a mi lado, ven a recibir la corona que te daré como reina del universo.

 

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