La gloria de María, afirma un docto autor,
fue una gloria plena, cumplida, a diferencia de la que poseen en el cielo los
demás santos. Es verdad que en la gloria todos los bienaventurados gozan de
perfecta paz y pleno contento; con todo, siempre será verdad que ninguno de
ellos goza de la gloria que hubiera podido merecer si hubiera servido y amado a
Dios con mayor fidelidad. Por eso, si bien los santos en el cielo no desean más
de lo que gozan, de hecho sí tendrían más que desear. Es verdad que allí no
sufren por los pecados cometidos y el tiempo perdido, pero no puede negarse que
da sumo contento el bien realizado en la vida, la inocencia conservada y el
tiempo bien aprovechado.
María en el cielo nada desea ni nada tiene
que desear. Pregunta san Agustín: ¿Quién de entre los santos del paraíso,
preguntado si cometió pecados, puede responder que no, fuera de María? María,
en efecto, como lo ha declarado en santo Concilio de Trento (Ses. VI, canon
23), no cometió jamás ninguna culpa ni tuvo el más mínimo defecto. No sólo
conservó siempre la gracia de Dios sin mancilla, sino que también siempre la
tuvo en acción; todas sus obras eran meritorias. Todas sus palabras,
pensamientos y respiraciones eran dirigidos a la mayor gloria de Dios; en suma,
nunca se enfrió en el fervor ni por un momento dejó de correr hacia Dios, sin
perder ninguna gracia por negligencia. Así es que siempre correspondió a la
gracia con todas sus fuerzas y amó a Dios cuanto pudo. Ahora ella le dice en el
cielo: Señor, si no te he amado cuanto mereces, al menos te he amado todo lo
que he podido.
No todos los santos reciben las mismas
gracias, porque, como dice san Pablo, “hay diversidad de dones del cielo” (1Co
12, 7). Así es que correspondiendo cada uno a las gracias recibidas, se ha
destacado en determinadas virtudes, quién en la salvación de las almas, quién
en las ásperas penitencias; éste en soportar los tormentos, aquél en la
contemplación; que por eso la santa Iglesia, al celebrar sus fiestas, dice de
cada uno de ellos: “No se encontró otro semejante a él”. Y conforme a los
méritos, son distintos en la gloria del cielo. “Una estrella difiere de otra
estrella en resplandor” (1Co 15, 41). Los apóstoles se distinguen de los
mártires, los confesores de las vírgenes, los inocentes de los penitentes.
La Santísima Virgen, estando llena de todas
las gracias, fue más sublime que todos los santos en aquella clase de virtudes;
ella es apóstol de los apóstoles, reina de los mártires al padecer más que
todos ellos, la portaestandarte de las vírgenes, el ejemplo de las casadas;
concentró en sí una perfecta inocencia con la más completa mortificación; unió,
en suma, en su corazón todas las virtudes en el grado más heroico que haya
podido practicar cualquier santo. Por eso se dijo de ella: “A tu diestra una
reina con el oro de Ofir” (Sal 44, 10), porque todas las gracias y
prerrogativas, todos los méritos de los demás santos, todos se encuentran
reunidos en María, como lo dice el abad de Celles: Todos los privilegios de los
santos, oh Virgen María, los tienes concentrados en ti.

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