María no halló alivio ni consuelo



Y ahora, otra reflexión, por la que vemos cómo el martirio de María fue superior al de todos los demás mártires: porque ella padeció muchísimo y padeció sin consuelo. Padecían los mártires en los tormentos que les proporcionaban los tiranos, pero el amor a Jesús tornaba sus dolores dulces y amables. Padecía un san Vicente su martirio atormentado en el potro, desgarrado con uñas de hierro, abrasado con planchas al rojo vivo, pero ¿qué? Dice san Agustín: uno parecía que hablaba y otro el que sufría. Le increpaba con tanta fortaleza al tirano y con tal desprecio de los tormentos, que parecían ser distintos el Vicente que padecía y el Vicente que hablaba, tanto le confortaba Dios con la dulzura de su amor en medio de aquellas torturas.

Padecía san Bonifacio cuando era lacerado su cuerpo con uñas de hierro y le introducían astillas entre las uñas y la carne, y le echaban plomo derretido, mientras que él no se cansaba de repetir: ¡Gracias, Señor mío Jesucristo, gracias! Eran atormentados san Marcos y san Marceliano atados a un poste y clavados los pies, y cuando el tirano les decía: Miserables, apostatad y libraos de los tormentos, ellos le respondían: ¿De qué torturas nos hablas? ¿De qué tormentos? Nunca hemos estado más alegres que ahora en que padecemos con gusto por amor de Jesucristo. Padecía san Lorenzo, y mientras estaba en la parrilla, como dice san León, más poderosa era la llama interior del amor para consolarlo en el alma, qua las brasas para atormentar su cuerpo; el amor le hacía tan fuerte que llegaba hasta increpar al tirano diciéndole: Tirano, si quieres comer mi carne ya tienes una parte asada, dame la vuelta y come. Pero ¿cómo podía bromear de esa manera en medio de tales torturas y sufriendo aquella prolongada agonía? Es que –responde san Agustín–, embriagado con el vino del divino amor, no sentía ni los tormentos ni la muerte.


Comentarios