María entregó la vida de su Hijo, a quien amaba más que a su propia vida

 


San Antonino dice que los otros mártires sacrificaron su propia vida, mientras que la Virgen María padeció sacrificando la vida de su Hijo, al que amaba más que a su propia vida. Así que no sólo padeció en el alma todo lo que su Hijo padecía en su cuerpo, sino que además causó mayor dolor a su corazón la vista de los sufrimientos de su Hijo que si ella los hubiera sufrido en sí misma.

Que María sufrió en su corazón todos los ultrajes que hicieron a su Jesús no hay quien lo dude. Todo el mundo sabe que las penas de los hijos lo son también de las madres cuando están ellas viéndolos padecer. San Agustín, considerando el tormento que padecía la madre de los macabeos al ver a su hijo padecer el suplicio, dice: Ella, viéndolos padecer, sufría lo de todos; porque a todos los amaba, sufría en su alma lo que ellos en el cuerpo. Lo mismo sucedió a María; los azotes, las espinas, los clavos y la cruz que afligieron la carne inocente de Jesús penetraron igualmente en el corazón de María para consumar su martirio. Escribe san Amadeo: Él padeció en la carne; ella, en el corazón. De manera que, al decir de san Lorenzo Justiniano, el corazón de María fue como un espejo donde se reflejaban los dolores de su Hijo. En él se veían los salivazos, los golpes, las llagas y todo lo que sufría Jesús. Y considera san Buenaventura que aquellas llagas que estaban desparramadas por todo el cuerpo de Jesús estaban unidas en el corazón de María.

De este modo, la Virgen, por la compasión hacia su Hijo, fue flagelada, coronada de espinas, despreciada y clavada en la cruz en su corazón amante. El mismo santo, contemplando a María en el monte Calvario cuando asistía a su Hijo moribundo, se pregunta: Dime, Señora, ¿dónde estabas entonces? ¿Sólo cerca de la cruz? No, más bien diré que estabas crucificada en la misma cruz junto con tu Hijo. Ricardo, comentando las palabras que el Redentor dice por Isaías: “Yo solo pisé el lagar; de mi pueblo no hubo nadie conmigo” (Is 63, 3), añade: Señor, tienes razón en decir que en la obra de la humana redención has estado solo en el padecer y que no hubo un hombre que se compadeciera bastante; pero tienes una mujer que es tu Madre santísima que sufrió en su corazón todo lo que tú sufriste en el cuerpo.

Pero todo esto no es ponderar bastante el dolor de María, pues, como dije, más padeció al ver los tormentos de su amado Jesús que si hubiera sufrido en sí misma todos los desprecios y la muerte del Hijo. Escribe san Erasmo que, generalmente hablando, los padres sienten más los dolores de sus hijos que los suyos propios. Aunque eso no es siempre verdad, sí lo fue en María, siendo cierto que ella amaba al Hijo inmensamente más que a su propia vida, más que a sí misma y a mil vidas que tuviera. Atestigua san Amadeo que la afligida Madre, a la vista dolorosa de los tormentos de su amado Jesús, padeció mucho más que si ella misma hubiera padecido toda la pasión. María sufría más que si ella la sufriera; porque lo amaba sin comparación, más que a sí misma, y por eso sufría tanto. La razón es clara, porque, como dice san Bernardo, el alma está más donde ama que donde anima o donde vive. Primero que todo lo dijo el mismo Salvador: “Donde está vuestro tesoro, allí está vuestro corazón” (Lc 12, 37). Pues si María vivía por su amor más en el Hijo que dentro de sí misma, debió sufrir más por la muerte de su Hijo, que si le hubieran causado a ella la muerte más cruel del mundo.


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