un estruendo de armas y de caballos. Hubiérase dicho una ciudad
sitiada por un ejército enemigo. Y eran los espiritus invisibles los
que armaban toda esa batahola, como iba a hacerlo el Arþeo en Ars,
muchos siglos más tarde.
Otro célebre solitario, San Hilarión, no podia ponerse a rezar
sin oír a su alrededor ladridos de perros, mugidos de toros, silbidos
de serpientes u otros ru:dos no menos extraños y aterradores.
Alrededor de la celda de San Pacomio, el padre del cenobitismo,
los diablos hacían tal batahola que hub.érase dicho que iban a echar
por tierra y a destruir todo.
Aparecían alrededor de la cabaña de San Abraham con un hacha
en la mano, como para demolerla.
Otras veces prendian fuego a su estera, lo mismo que iban a
hacer con la cama del cura de Ars.
Y, como lo dice el abate Monnin, podemos recorrer la vida de
los santos. Hay pocos de ellos que no hayan estado en lucha *abierta
y a menudo ruidosa y memorable con Satán. Nombremos con el
autor citado a San Benito, San Francisco de Asís, Juan de Dios,
Vicente Ferrier, Pedro de Alcántara y entre las santas: Margarita de
Cortone, Angcla de Foligno, Rita de Cascia, Rosa de Lima y tantas
otras.
No nos sorprenderá, pues, encontrar también muchas "diabluras"
en Lourdes, alrededor de la humilde Bernadette. Es lo que vamos
a ver en el capítulo siguiente.

Comentarios
Publicar un comentario