80 mil almas le arrebato a Satán



 Si el diablo le tenía rencor a Juan Maria Vianney, si trataba de desviarlo a cualquier precio de su tarea, ya sea gastando sus fuerzas por el insomnio, ya sea sumiéndolo con sutileza en angustias que le daban deseos de huir al desierto, es porque sabia bien toda la efi-acia de su plegaria, de su maceración, de su ministerio junto a los

pobres pecadores. Una mujer que mostraba señales de posesión y por boca de la cual Satán en persona parece haber hablado, le dijo cierto dia delante de testigos:

-iCómo me haces sufrir!... Si hubiera tres como tú sobre la tierra mi reino sería destruido.. . ¡Me has robado más de ochenta mil almas!"

En el momento en que estas palabras fueron pronunciadas el cura de Ars tenía en su parroquia a un misionero a quien había encargado que predicara a sus fieles. Volviéndose hacia él, le dijo, disminuyendo en tres cuartos la cifra que todos habían oido bien:

 "Oyó usted,señor misionero?; el demonio pretende que nosotros dos solos destruimos su imperio y que le hemos quitado veinte mil almas."

Pero el demonio habia dicho bien ochenta mil y no había hablado para nada del misionero, sino solamente del cura de Ars. Qué por un acto doble de humildad que el santo redujo el balance de sus victorias y asoció a él a su colega.

No es necesario decir que el número citado en este caso por la mujer poseída que iba a ser curada por nuestro santo, no era el balance definitivo. Como lo dirá un dia el mismo cura de Ars:

"Sólo Dios sabe todo el bien que se ha hecho aquí!" y al decir esto mostraba su confesionario. Si todos sus penitentes no fueron convertidos, ni mucho menos, es indiscutible que para muchos de ellos, para la mayoría quizá, se trataba de un regreso a la fe o, por lo menos, a la práctica religiosa.

Abordemos ahora las comparaciones. Cuando estudiamos de cerca la calidad espiritual del cura de Ars, no podríamos dejar de advertir la evidencia de que su amor prodigioso de la penitencia había sido extraído de los grandes ejemplos de los santos de antaño, pero más especialmente de los santos de la Tebaida y de los desiertos egipcios.

Existen buenas pruebas de que el cura de Ars conocía las vidaś de los eremitas y cenobitas de Egipto y que citaba con gusto episodios de esas vidas en sus famosos catecismos y en sus sermones.

Y justamente es un rasgo de semejanza entre él y esos santos,

que su maestro, el abate Balley, le había tantas veces clogiado, tratando de imitarlos delante de él, el hecho de que fuera gratificado

con infestaciones diabólicas. Es imposible hablar de San Antonio el

Grande, sobre todo, antepasado de la vida eremítica, sin recordar

las infestaciones demoníacas con que fué perseguido. Los visitantes

que llegaban hasta él, en la montaña desierta de Kolsim, casi nunca

arribaban allí sin oir alrededor del santo, rompiendo el silencio de

la inmensidad, una mezcla de ruidos confusos pero formidables. 


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