¡ay!, pensemos que tales desgracias provienen
de no poner en Dios su confianza y de no considerar la gran recompensa que en
el cielo las espera. Leemos que Santa Felicitas, temiendo que el menor de sus
hijos no tuviese ánimo para arrostrar el martirio, le dijo a grandes voces:
«Hijo mío, levanta tus ojos al cielo, que será tu recompensa; un sólo momento,
y habrán terminado tus sufrimientos». Tales palabras, salidas de la boca de una
madre, fortalecieron de tal manera a aquel pobre hijo, que, con indecible
alegría, entregó su pequeño cuerpo a los tormentos que los crueles verdugos quisieron
hacerle padecer. Nos dice San Francisco Javier que, estando en país salvaje,
hubo de soportar todos los padecimientos que aquellos idólatras se les ocurrió
infligirle, sin recibir consuelo alguno; pero tenía puesta de tal manera su
confianza en Dios, que mereció el auxilio divino de una manera visible.
Jesucristo, para darnos a entender cuanto debemos
confiar en Él y cómo hemos de pedirle siempre, sin terror alguno, todo lo que
necesitemos así para el alma cómo para el cuerpo, nos dice en su Evangelio que
un hombre fue durante la noche a pedir tres panes a un amigo suyo, para dar de
comer a un huésped recién llegado; el otro le contestó que estaban acostados él
y sus hijos, y que no los incomodase. Pero el primero insistió en su petición,
diciendo que carecía de pan para ofrecer a su visitante. Al fin, el otro
accedió a darle lo que le queda, no porque fuese su amigo, sino para librarse
de hombre tan inoportuno. De lo cual concluye Jesucristo: «Pedid y se os dará;
buscad y hallaréis: llamad y se os abrirá; y tened la seguridad de que todo
cuanto pidiéreis al Padre en mi nombre, os será concedido».
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