Sí, en el corazón; porque no otra cosa sino
la compasión por las penas de este Hijo tan amado debían atravesar el corazón
de la Madre, como así se lo predijo Simeón: “Y una espada de dolor atravesará
tu alma” (Lc 2, 35). La Virgen, como dice san Jerónimo, ya sabía por las
Sagradas Escrituras los sufrimientos y penas que el divino Salvador había de
soportar durante la vida y en su sagrada pasión y muerte. Bien conocía lo que
habían dicho los profetas: que había de ser traicionado por un amigo: “Hasta mi
íntimo amigo en el que yo confiaba, el que mi pan comía, levanta contra mí su
calcañar” (Sal 40, 10); que había de ser abandonado por sus discípulos: “Heriré
al pastor y se dispersarán las ovejas” (Za 13, 7); conocía los desprecios,
salivazos, bofetadas y burlas que había de sufrir de la chusma: “Ofrecí mi
espalda a los que me golpeaban, mis mejillas a los que mesaban mi barba” (Is
50, 6); no ignoraba que había de acabar siendo la burla de los hombres,
rechazado por la plebe más vil, siendo saciado de injurias y villanías: “Soy un
gusano que no un hombre, vergüenza del vulgo y asco de la plebe” (Sal 21, 7);
“Que sería saciado de oprobios” (Lm 3, 30); bien tenía presente que al final de
su vida su carne sagrada debía ser lacerada y rota por los azotes: “El ha sido
herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas” (Is 53, 5), hasta el
punto de quedar su cuerpo deformado como el de un leproso, todo lleno de llagas
que dejaban los huesos al descubierto: “No tenía apariencia; le vimos, y no
tenía aspecto que pudiésemos estimar” (Is 53, 2). “Puedo contar todos mis
huesos” (Sal 21, 18); no le era desconocido que habían de atravesarle las manos
y los pies y ser colocado entre los malhechores: “Y con los rebeldes fue
contado” (Is 53, 12); y que, finalmente, había de morir en la cruz ejecutado
para la salvación de los hombres: “En cuanto a aquél a quien traspasaron, harán
lamentación por él” (Za 12, 10).
Claro que María sabía todo lo que su Hijo
debía padecer, pero con la profecía de Simeón le fueron revelados, como dijo el
Señor a santa Teresa, todas las circunstancias y detalles, tanto externos como
internos, que habían de atormentar a su Jesús en la pasión. Y ella a todo dio
su consentimiento; y con una entereza que pasmó a los ángeles aceptó la
sentencia de muerte de su Hijo tan terrible y afrentosa, diciendo: “Padre
eterno, puesto que así lo queréis, que no se haga mi voluntad, sino la vuestra;
uno mi voluntad a la vuestra y os ofrendo este Hijo mío; estoy conforme en que
se entregue su vida pro daros gloria y por la salvación del mundo. Y al mismo
tiempo os sacrifico mi corazón. Traspáselo el dolor cuanto os plazca con tal
que vos, mi Dios, seas glorificado y estéis contento. No se haga mi voluntad,
sino la tuya”.
Por eso María guardó silencio
en la Pasión cuando lo acusaban
injustamente. No dijo nada a
Pilato que estaba muy dispuesto a librarlo conociendo su inocencia; y sólo
apareció en público para asistir al sacrificio de la Cruz sobre el Calvario.
Ella lo acompañó al lugar del suplicio; lo asistió desde que fue colgado en la
cruz: “estaba junto a la cruz de Jesús su Madre” (Jn 19, 25) hasta que expiró.
Todo por cumplir el ofrecimiento que había hecho a Dios en el Templo.
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