María ofrece su Hijo a Dios



Había dos preceptos en la antigua ley respecto al nacimiento de los primogénitos; uno era el que mandaba que la mujer estuviera retirada en casa durante cuarenta días, después de los cuales tenía que ir a purificarse al templo. El otro era que los padres del primogénito lo llevasen al templo y allí lo ofreciesen a Dios. Ambos preceptos los cumplió la Santísima Virgen en este día. Es cierto que

María no estaba obligada a la ley de la purificación porque siempre fue virgen pura. No obstante, por humildad y obediencia quiso ir como las demás madres a purificarse. Obedeció también el segundo precepto de presentar y ofrecer su Hijo al eterno Padre. “Y cuando se cumplieron los días de su purificación, según la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor” (Lc 2, 22). Pero la Virgen lo ofreció de modo distinto a como lo hacían las demás madres. Las otras los ofrecían pero sabiendo que se trataba de una ceremonia legal, ya que al rescatarlos volvían a ser suyos, sin temor a tener que ofrecerlos a la muerte. María, en cambio, ofreció a su Hijo a la muerte realmente y con la certeza que el sacrificio de la vida de Jesús que entonces ofrecía debía un día realizarse en el altar de la cruz. Por eso, al ofrecer María la vida de su Hijo, por el amor que le tenía, se sacrificó ella misma del todo a Dios.

Dejando de lado otras consideraciones que pudiéramos hacer sobre tantos misterios de esta festividad, vamos a considerar solamente lo inmenso del sacrificio de María por el que se ofreció a sí misma a Dios al ofrecerle en este día la vida de su Hijo. Este será el único tema de nuestro discurso.

El eterno Padre había decretado salvar al hombre perdido por la culpa y librarlo de la muerte eterna. Pero queriendo al mismo tiempo que su divina justicia no quedara sin la digna y debida satisfacción, por eso no perdonó la vida de su mismo Hijo, hecho ya hombre para redimir a los hombres, quiso que pagara con todo rigor la pena que los hombres merecían. “Él no perdonó a su propio Hijo –dice el apóstol–, sino que lo entregó por nosotros” (Rm 8, 32). Por eso lo mandó a la tierra para hacerse hombre y le destinó una madre que fue la Virgen María. Pero como no quiso que su Verbo divino se hiciera hombre de ella sin que ella primero lo aceptase con expreso conocimiento, así no quiso que Jesús sacrificase su vida por la salvación de los hombres sin que concurriese también el consentimiento de María para que con el sacrificio de la vida del Hijo se sacrificara también el corazón de la Madre.

Enseña santo Tomás que el hecho de ser madre da un derecho especial sobre el hijo; por lo que siendo Jesús esencialmente inocente y que no merecía ningún suplicio por culpa suya, parecía conveniente que no fuera condenado a la muerte como víctima de los pecados del mundo sin el consentimiento de su madre por el que espontáneamente ofreciese a Jesús al sacrificio.


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