María nos alcanza las gracias a medida de nuestra capacidad

 


A muchos sucede lo que se le reveló a la venerable sor María Villani. Vio esta sierva de Dios a la divina Madre a semejanza de un gran manantial al que acudían muchos a tomar el agua de las gracias. Pero ¿qué sucedía? Los que llevaban vasijas en buen estado conservaban las gracias recibidas. Pero los que llegaban con vasijas rotas, es decir, con el alma llena de pecados, recibían la gracia pero pronto la perdían. Por lo demás es cierto que por medio de María obtienen gracias incontables todos los hombres a diario, aún los más ingratos pecadores. Dice san Agustín hablando con la Virgen: “Por ti heredamos la misericordia los necesitados, los ingratos la gracia, el perdón los pecadores, la salud los enfermos, cosas celestes los apegados a la tierra, los mortales la vida, y la patria los peregrinos.

Reavivemos más y más nuestra confianza los devotos de María cada vez que recurramos a ella en demanda de gracias. Y para reavivarla, recordemos siempre las dos grandes cualidades de esta buena Madre, que son: El deseo de hacernos el bien a todos, y el poder que tiene ante su Hijo para conseguirnos todo lo que pide.

Para conocer el deseo que tiene María de ayudarnos a todos, bastaría considerar el misterio de esta fiesta de la Visitación de María a santa Isabel.

El viaje de Nazaret, donde vivía la Virgen, a Ain-Karim (a siete kilómetros de Jerusalén), era largo; sin embargo, esto no arredró a la Santísima Virgen, tierna y delicada doncella, no familiarizada con semejantes fatigas, se puso en camino. ¿Por qué razón? Movida por aquella caridad tan grande de que ha estado siempre rebosante su tierno corazón, para ejercitar desde el primer instante su gran misión de dispensadora de las gracias. Así precisamente habla sobre este pasaje san Ambrosio: No fue porque dudase del oráculo, sino alegre por el anuncio, presurosa por la alegría, ferviente para cumplir su misión. No para cerciorarse si era verdad lo dicho por el ángel acerca de Isabel de que estaba en estado, sino alegrándose, y deseando ayudar en aquella casa; dándose prisa por el gozo en llegar a hacer el bien a los demás, y toda entregada a empresa tan caritativa, levantándose, se fue con premura.

Nótese que cuando el Evangelio habla del retorno, no habla de apresuramiento sino que dice sencillamente: María permaneció con ella tres meses y se volvió a su casa (Lc 1, 56). ¿Qué otra cosa obligaba a la Madre de Dios, dice san Buenaventura, a darse prisa por ir a visitar la casa del Bautista sino el deseo de hacer todos los bienes posibles a aquella familia?

No ha terminado en María al subir al cielo esta caridad para con todos los hombres, por el contrario, más bien se ha incrementado, porque allí conoce con más perfección nuestras necesidades y se compadece de nuestras miserias. Escribe Bernardino de Bustos que María anhela hacernos bien más de lo que nosotros mismos podemos desear. Por eso, dice san Buenaventura, se siente ofendida de los que no le piden gracias: Pecan contra ti no sólo los que te injurian, sino también los que nada te piden. Porque este es el modo de ser de María, como afirma El Idiota, enriquecer con abundancia a sus devotos.

María es el tesoro del Señor y la tesorera de sus gracias, y enriquece con dones especiales a los que sirven generosamente. Por eso dice el mismo autor que quien encuentra a María, encuentra todo bien. Y la puede encontrar cualquiera, aunque sea el peor pecador del mundo, pues ella es tan benigna que no desprecia a nadie que a ella recurra. Tomás de Kempis le hace hablar así: Yo invito a todos a que a mí recurran, y no sé despreciar a ningún pecador por indigno que sea que venga pidiendo ayuda. Todo el que acuda a pedirle la gracia, la encontrará siempre preparada para auxiliar, dice Ricardo de San Lorenzo. La encontrará siempre pronta y siempre inclinada a socorrerlo y obtenerle todas las gracias de la salvación con sus poderosísimas plegarias.


Comentarios