Nos exhorta el Apóstol: “Lleguémonos con
toda confianza al trono de la gracia para hallar la gracia y conseguir la ayuda
oportunamente” (Hb 6, 16). Dice san Alberto Magno: El trono de la gracia es
María. Si queremos gracias, acudamos a ella con la seguridad de ser ciertamente
atendidos, pues con la intercesión de María se obtiene todo lo que se le pide
al Hijo. Busquemos la gracia –repito con san
Bernardo– y busquémosla por
medio de María. Y añado lo que la Virgen dijo a santa Matilde, que el Espíritu
Santo, colmándola de toda dulzura, la hizo tan amada de Dios, que todo el que
por su mediación busque la gracia, cierto que la obtendrá.
Y si damos crédito a aquella sentencia
célebre de san Anselmo: Más pronto alcanzamos la salvación a veces, invocando
el nombre de María que invocando el nombre de Jesús, veremos que esto no sucede
porque él deje de ser la fuente y el Señor de todas las gracias, sino porque,
al recurrir nosotros a la Madre, y rezando ella por nosotros, sus plegarias de
madre tienen más fuerza que las nuestras. Jamás nos apartemos de las plantas de
esta tesorera de las gracias, diciéndole siempre con san Juan Damasceno: Madre
de Dios, ábrenos la puerta de piedad rogando siempre por nosotros, ya que tus
plegarias son la salvación de todos los hombres.
Al recurrir a María, lo mejor es rogarle que
ella pida para nosotros y nos obtenga aquellas gracias que sabe nos son más
convenientes para nuestra salvación. Esto hizo san Reginaldo, dominico, como se
narra en las crónicas de la Orden. Estaba enfermo este siervo de María y le
pedía la salud del cuerpo. Y se le apareció su Señora acompañada de santa
Cecilia y de santa Catalina, entonces le dijo con suma dulzura: Hijo ¿qué
quieres que haga por ti? El religioso, ante tan delicado ofrecimiento de María,
quedó confundido y no sabía qué responder. Entonces, una de las santas
acompañantes le dio este consejo: Reginaldo, ¿sabes lo que debes hacer? No le
pidas nada, déjalo en sus manos, porque María te dará una gracia mejor de la
que tú sepas pedir. Así lo hizo el enfermo y la Virgen le obtuvo la gracia de
la curación.
Pero si deseamos la visita dichosa de esta
Reina del cielo, a ello ayudará mucho el que, nosotros ahora la visitemos con
frecuencia en cualquiera de sus imágenes, o en cualquiera de sus iglesias.
Léase el siguiente ejemplo y se comprenderá
con qué clase de favores recompensa la visita de sus devotos.

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