Con razón por tanto, es llamada esta divina
Madre, el tesoro, la tesorera y dispensadora de las gracias divinas. Así la llama
el venerable abad de Celles: “Tesoro de Dios y tesoro de las gracias”; así san
Pedro Damiano: “Cofre de las gracias divinas”; así san Alberto Magno: “Tesorera
de Jesucristo”; así san Bernardino: “Distribuidora de las gracias”; y un doctor
griego citado por Petavio, la llama “dispensadora de todos los bienes”; y san
Gregorio Taumaturgo: “Se dice que María está llena de gracia, porque en ella se
guarda todo el tesoro de tu gracia”. Ricardo de San Lorenzo dice que Dios ha
puesto en María, como en un erario de misericordia, todos los dones de la
gracia, y que con este tesoro ella enriquece a todos los suyos.
San Buenaventura, hablando del campo del
Evangelio que tiene un tesoro escondido, y que debe adquirirse cueste lo que
cueste, como dice Jesús (Mt 13, 44), dice que este campo es nuestra Reina
María, en la que se contiene el tesoro de Dios que es Jesucristo, el manantial
y fuente de todas las gracias. Y dijo san Bernardo que el Señor ha puesto en
manos de María todas las gracias que nos quiere dispensar, para que sepamos que
todo lo bueno que recibimos lo recibimos de sus manos. Esto nos lo garantiza
María al decir: “En mí toda gracia de vida y de verdad” (Ecclo 24, 25). En mí
todas las gracias de los bienes auténticos que podéis desear en la vida. Sí, Madre
y esperanza nuestra, le decía san Pedro Damiano, bien sabemos que todos los
tesoros de la divina misericordia están en tus manos. Antes dijo san Ildefonso
hablando con la Virgen: Señora, todas las gracias que Dios ha determinado
otorgar a los hombres, todas tienen que pasar por tus manos porque todos los
tesoros de la gracia para eso se te han confiado. Y san Germán sentenciaba:
“Nadie se salva sino por ti; nadie recibe un don de Dios sino por ti”.
San Alberto Magno, comentando las palabras
del ángel: “No temas María, has encontrado gracia ante Dios” (Lc 1, 30), dice
hermosamente: “Oh María, tú no has robado la gracia como quería robarla
Lucifer; ni las has perdido, como la perdió Adán; tampoco las has comprado como
lo intentó Simón el mago; tú la has encontrado porque la has deseado y buscado.
Has encontrado la gracia increada, que es Dios mismo hecho ya hijo tuyo, y a la
vez y con ella has conseguido todos los bienes creados”. Este pensamiento lo
confirma san Pedro Crisólogo, diciendo que la excelsa Madre de Dios encontró
esta gracia para otorgarla después a todos los hombres. Y que María encontró la
plenitud de la gracia que fue suficiente para salvar a todos. “Encontraste la
gracia, pero ¿cuánta? Cuanta te había dicho el ángel, por completo y de veras,
para poderla derramar a torrentes sobre todas las criaturas”. De tal modo, dice
Ricardo de San Lorenzo, que como Dios ha hecho el sol para que por su medio se
ilumine toda la tierra, así ha hecho a María para que por su medio se dispensen
al mundo todas las divinas misericordias”. San Bernardino añade que la Virgen,
desde que fue hecha Madre del Redentor, adquirió una especie de jurisdicción
sobre toda gracia; de modo que ninguna criatura obtiene ningún don que no sea
otorgado por medio de esta Madre.
Concluyamos este punto con Ricardo de San
Lorenzo que dice: Si queremos obtener alguna gracia, recurramos a María que
obtiene para los suyos cuanto pide, porque ella encontró la gracia y siempre la
tiene. Y con san Bernardo que dice: “Busquemos la gracia y busquémosla por
medio de María, porque el que busca encuentra y no puede verse engañado”. De
modo que si deseamos la gracia necesitamos ir a esta tesorera y dispensadora de
las gracias, porque esto así lo quiere el dador de todo bien como lo asegura
san Bernardo, al decir que esta es la voluntad de Dios el cual quiso que todo
lo obtuviéramos por María. Todo, todo, y el que dice todo, no excluye nada.
Pero como para conseguir la gracia es
indispensable tener confianza, vamos a ver cuán seguros debemos estar de obtener
la gracia recurriendo a María.

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