Cuando la Virgen supo por el arcángel san
Gabriel, que su parienta Isabel estaba de seis meses, comprendió iluminada por
el Espíritu Santo, que el Verbo humanado en sus entrañas y hecho su hijo,
quería comenzar a manifestar al mundo las riquezas de su misericordia
otorgándolas a toda aquella familia. Por lo que, sin dudarlo, como refiere el
evangelista san Lucas (1, 39), María se fue apresuradamente a la montaña.
Dejando el descanso de su contemplación y su amada soledad a la que estaba
acostumbrada, marchó enseguida hacia la casa de Isabel. Y porque la santa
caridad todo lo soporta y no sufre dilaciones, como comenta respecto a este pasaje
del Evangelio san Ambrosio, “no conoce tardanzas la gracia del Espíritu Santo”,
por eso, no teniendo en cuenta ni la fatiga del camino para tan tierna y
delicada doncella, al punto emprendió el viaje. Apenas llegó a la casa de
Zacarías, saludó a Isabel. Y como reflexiona san Ambrosio, María fue la primera
en saludar a Isabel. Pero no fue la visita de la Virgen como la de los mundanos
que se limitan a ceremonias y falsos cumplidos. La visita de María trajo a
aquella casa un cúmulo de bendiciones. En cuanto entró e Isabel oyó el primer
saludo, quedó inundada del Espíritu Santo y Juan, libre de la culpa y
santificado; que por eso dio aquella señal de júbilo saltando en el vientre de
su madre, expresando así que había recibido la gracia por medio de la Santísima
Virgen, como se lo declaró la misma Isabel: “En cuanto la voz de tu saludo
llegó a mis oídos, saltó de gozo el niño en mi seno”. Así es que, como
reflexiona Bernardino de Bustos, gracias al saludo de María, Juan recibió la
gracia del Espíritu Santo que lo santificó.
Pues si todos estos primeros frutos de la
Redención pasaron por María, siendo el canal por el que se comunicó la gracia
al Bautista y el Espíritu Santo a Isabel, el don de profetizar a Zacarías y
santísimas bendiciones a toda aquella casa, que fueron las primeras gracias que
sabemos fueron otorgadas en la tierra después de la encarnación del Verbo, es
muy justo creer que desde ese instante Dios constituyó a María en acueducto
universal, como la llama san Bernardo, por el cual pasaran en adelante todas
las gracias que el Señor nos ha de dispensar, como expliqué en la parte I,
capítulo V.

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