Si has hallado el tesoro escondido (Mt 13,44-46) en el campo de María, la perla preciosa del Evangelio, tienes que venderlo todo para comprarlo; tienes que renunciar totalmente a tu egoísmo y perderte dichosamente en María para hallar en Ella a Dios sólo.
Si el Espíritu Santo ha plantado en ti el verdadero árbol de la vida, es decir, la consagración total a María que acabo de explicarte, tienes que poner el mayor empeño en cultivarlo para que dé fruto oportuno.
Esta devoción es el grano de mostaza de que habla el Evangelio (Mt 13,31; Mc 4,3), el cual, siendo al parecer la más pequeña de todas las semillas, crece y se eleva tan alto, que las aves del cielo, es decir, los predestinados, anidan en sus ramas, reposan a su sombra durante el calor del sol y se guarecen de las fieras.

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