Esto es lo que salva



Un hermano preguntó a un anciano: «¿Qué es lo que salva, la reputación o las obras?». «Las obras», respondió el anciano, y añadió: «Conozco un hermano cuya oración es escuchada inmediatamente. Un día le vino la idea de ver el alma de un pecador y la de un justo en el momento de su salida del cuerpo. Dios no quiso contristarle y en el momento en que cierto día estaba en su celda, entró un lobo y lo arrastró fuera tirándole de su hábito. El hermano se levantó, siguió al lobo, y éste le condujo a una ciudad y le dejó abandonado allí. El hermano se acomodó fuera de la ciudad en una ermita cuyo ocupante tenía fama de ser un anacoreta muy observante. Estaba enfermo y esperaba la hora de su muerte. El hermano vio que hacía grandes preparativos de cirios y luminarias para ese ermitaño, como si sólo por él Dios protegiese a los habitantes de aquella ciudad y les concediese el pan y el agua. "Si el anciano se va", decían, "todos vamos a morir". Cuando llegó la hora de la muerte, el hermano vio a un demonio que se colocó encima del moribundo con un tridente de fuego y oyó una voz que decía: "Puesto que esta alma no me ha dejado ni una hora de descanso en ella, no tengo compasión en arrancarla". El demonio colocó el tridente de fuego sobre el pecho del ermitaño y atormentó por un buen rato al monje para extirparle el alma. Después de ver esto, el hermano entró en la ciudad. Encontró tirado en el suelo a un vagabundo enfermo que no tenía a nadie que le atendiera. Se quedó con él un día entero. Cuando le llegó la hora de morir, el hermano vio al arcángel san Miguel y al arcángel san Gabriel que bajaban para recoger su alma. El uno se colocó a su derecha y el otro a su izquierda y ambos invitaban al alma a salir, pero ésta no salía. Se diría que no quería abandonar al cuerpo. Entonces Gabriel dijo a Miguel: "¡Toma el alma y vámonos!". Pero Miguel le respondió: "El Señor nos ha recomendado insistentemente que la hagamos salir suavemente, no podemos pues arrancarla por la fuerza". Luego Miguel gritó con voz potente: "¡Señor! ¿Qué quieres hacer de esta alma, que no accede a salir?". Entonces se oyó una voz que decía: "Envía a David con su arpa y a todos los que cantan salmos a Dios en Jerusalén, para que el alma oiga la salmodia y salga bajo el encanto de su voz". Bajaron todos alrededor del alma cantando himnos, y el alma salió, se sentó en las manos de san Miguel y de este modo subió al cielo con gran alegría». 

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