Lejos de mirar el tiempo de la oración como un momento perdido, lo tenemos por el más feliz y precioso de nuestra vida, puesto que un cristiana pecador no debe tener en este mundo otras ocupaciones que llorar sus pecados a los pies de su Dios; lejos de considerar como primeros los negocios temporales y preferirlos a los de su salvación, los mira el cristiano como cosas de nada, o mejor, como obstáculos para su salud espiritual; no le preocupan sino en cuanto Dios le ordena que cuide de ellos, plenamente convencido de que, si él no los gestiona, otros cuidarán de hacerlo; pero que si no tiene la dicha de alcanzar el perdón v tener a Dios propicio, todo está perdido, ya que nadie cuidará e ello. No deja la oración sino con gran pena, los momentos empleados en la presencia de Dios le parecen brevísimos, pasan como el fulgor de un rayo; si su cuerpo sale de la presencia de Dios, su corazón y su mente se quedan constantemente delante de la divinidad. Durante la oración, no hay que pensar en trabajo alguno, ni en arrellanarse en una poltrona, ni en tenderse en el lecho...

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