Contaba también el abad Daniel: «Nuestro Padre, el abad Arsenio, nos habló de un anciano, tan admirable por su penitencia como por la sencillez de su fe. Por su ignorancia, cayó en el error y decía que el pan que comemos no es el Cuerpo de Cristo sino una figura de él. Dos ancianos supieron que sostenía esta doctrina, y conociendo su santa vida y su gran virtud, pensaron que no había malicia por su parte y que por ignorancia decía aquello. Fueron a su encuentro y le dijeron: «Padre, hemos oído la opinión de un infiel, que dice que el pan que comemos no es el verdadero Cuerpo de Cristo, sino una representación». Pero el anciano les respondió: «Soy yo el que ha dicho eso». Y se pusieron a enseñarle: «No sostengas eso, Padre, hay que atenerse a la enseñanza de la Iglesia Católica, pues nosotros creemos que este pan es verdaderamente el Cuerpo de Cristo y que este cáliz es verdaderamente la Sangre de Cristo y no una representación. En el principio, Dios tomó barro de la tierra y formó al hombre a su imagen y semejanza y nadie puede decir que no es imagen de Dios, aunque sea incomprensible. Lo mismo sucede con el pan, pues el Señor dijo: "Este es mi Cuerpo", y creemos que este pan es realmente el Cuerpo de Cristo». El anciano contestó: «Si no veo la cosa, no me convenceré de lo que decís». Los ancianos le dijeron: «Pidamos a Dios, durante toda la semana, que nos desvele este misterio y estemos seguros de que Dios lo hará». El anciano acogió con gran alegría estas palabras, y rogaba a Dios, diciendo: «Tú sabes que mí incredulidad no es por malicia, pero si estoy equivocado a causa de mi ignorancia, Señor Jesucristo, dame a conocer la verdad». Por su parte, los dos ancianos, en sus respectivas celdas, rogaban a Dios: «Señor Jesucristo, revela a este anciano el misterio, para que crea y no pierda todo su trabajo». Dios les escuchó a uno y otros. Terminada la semana acudieron a la iglesia y se sentaron los tres solos aparte en un asiento de juncos atados formando haces. El anciano se sentó en medio. Y se les abrieron a los tres los ojos del alma, y cuando pusieron los panes en el altar, les pareció, a ellos tres tan sólo, que se encontraba sobre el altar un niño pequeño. Y cuando el sacerdote extendió sus manos para partir el pan, bajó un ángel del Señor, del cielo, con un cuchillo en la mano y partió aquel niño y la sangre la recogió en el cáliz. Y cuando el sacerdote partió el pan en trozos pequeños, también el ángel cortó los miembros del niño en partes pequeñas. Y al acercarse recibió carne ensangrentada. Al verlo se atemorizó, y exclamó: «Creo, Señor, que el pan que está en el altar es tu Cuerpo y el cáliz tu Sangre». Y al punto se convirtió en pan el trozo que llevaba en la mano, como en el sacramento, y lo comió, dando gracias a Dios. Los ancianos le dijeron: «Dios conoce la naturaleza humana. Sabe que el hombre no puede comer carne cruda y por eso transforma su Cuerpo en pan y su sangre en vino para aquellos que le reciben con fe». Y dieron gracias a Dios porque no había permitido que aquel anciano perdiese el fruto de su trabajo y volvieron a sus celdas con gran alegría.

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