En las revelaciones de santa Brígida es
llamada María “astro que precede al sol”. Para que entendamos que cuando
empieza a verse en el pecador devoción a la Madre de Dios, es señal cierta de
que dentro de poco vendrá el Señor y la enriquecerá con su gracia. San
Buenaventura, para reavivar la confianza de los pecadores en la protección de
María, imagina un mar tempestuoso en el que los pecadores que han caído de la
nave de la gracia divina, combatidos por las olas de los remordimientos de
conciencia y de los temores de la justicia divina, sin luz ni guía y próximos a
desesperarse y a perecer sin un rayo de esperanza, los anima señalándoles a
María llamada la estrella del mar, y alza su voz para decirles: “Pobres
pecadores que vais perdidos, no os desesperéis; alzad los ojos a esta hermosa
estrella, tomad aliento y confiad, porque ella os salvará de la tempestad y os
conducirá al puerto de salvación”.
Algo semejante dice san Bernardo: “Si no
quieres verte anegado por la tempestad, mira a la estrella y llama en tu ayuda
a María”. Dice el devoto Blosio que ella es el supremo recurso de los que han
ofendido a Dios. Ella es el asilo de todos los tentados por el diablo. Esta
madre de misericordia es del todo benigna y del todo dulce, no sólo con los
justos, sino también con los pecadores más desesperados. Y cuando ve que éstos
recurren a ella y buscan de corazón su ayuda, al instante los socorre, los
acoge y les obtiene de su Hijo el perdón. Ella es incapaz de despreciar a
nadie, por indigno que sea, y por eso no niega a nadie su protección. A todos
consuela, y basta llamarla para que inmediatamente venga en ayuda de quien la
invoca.
María es llamada plátano: “Me alcé como el
plátano” (Ecclo 24, 19), para que entiendan los pecadores que, como el plátano
da cobijo a los caminantes para refrescarse a su sombra de los rayos del sol,
así María, cuando ve encendida contra ellos la divina justicia, los invita a
refugiarse a la sombra de su protección. Reflexiona san Buenaventura sobre el
texto del profeta que en su tiempo se lamentaba y decía al Señor: “Estás
enojado contra nosotros porque hemos pecado; no hay quien se levante y te
detenga” (Is 64, 5); y observa: “Señor, cierto que estás indignado contra los
pecadores y no hay quien pueda aplacarte. Y así era, porque aún no había nacido
María. Antes de María no había quien pudiera detener el enojo de Dios. Pero
ahora, si Dios está irritado contra cualquier pecador y María se empeña en
protegerlo, ella consigue del Hijo que no lo castigue y lo salva. De modo,
prosigue san Buenaventura, que nadie más a propósito que María para detener con
su mano la espada de la justicia divina para que no caiga sobre el pecador.
Dice Ricardo de san Lorenzo, sobre el mismo asunto, que antes de venir María al
mundo se lamentaba de que no hubiera nadie que le estorbase castigar a los
pecadores, pero que habiendo nacido María, ella lo aplaca.
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