https://youtu.be/opkt2gyv8oY
Un anciano había pasado cincuenta años sin comer pan y sin beber apenas agua. Y decía: «He matado la impureza, la avaricia y la vanagloria». Y habiéndolo sabido el abad Abraham vino a su encuentro y le dijo: «¿Has dicho tú estas palabras?». Y el otro respondió: «Sí». Y le preguntó el abad Abraham: «Si entras en tu celda y encuentras en tu lecho a una mujer, ¿puedes tú no pensar que se trata de una mujer?». «No, dijo el viejo, pero lucho contra mi pensamiento para no tocarla». Y le dijo el abad Abraham: «Entonces no has matado la impureza, puesto que la pasión sigue viviendo, tan sólo la has encadenado. Y si vas por el camino y encuentras piedras, trozos de vasijas y entre ellos oro, al verlo ¿puedes tomarlo también por piedras?». «No, volvió a responder el otro, pero resisto a la tentación de recogerlo». E insistió Abraham: «La pasión vive, aunque está atada». Y prosiguió: «Si oyes de dos hermanos que uno te estima y habla bien de ti, el otro te odia y te calumnia, silos dos se llegan a ti, ¿recibirás a los dos de la misma manera?». «No; pero me haría violencia para tratar lo mismo al que me odia y al que me ama». Y el abad Abraham concluyó: «Las pasiones siguen viviendo. Lo único que consiguen los santos varones es encadenarías».
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