Decía un anciano: «Cuando el hombre es tentado, se multiplican por todas partes sus tribulaciones, para que se desanime y murmure». Y el anciano contó lo siguiente: «Vivía un hermano en su celda y fue tentado. Cuando le veían nadie quería saludarle ni recibirle en su celda. Si tenía necesidad de pan nadie se lo prestaba. Y sí volvía de la siega, nadie le invitaba a tomar un refrigerio, como era costumbre. En plena canícula volvió un día de las faenas del campo y no tenía nada de pan en su celda. Y en todas estas cosas daba gracias a Dios. Viendo Dios su paciencia, le libró de la guerra de las tentaciones. Y he aquí que llamó a su puerta uno que traía de Egipto un camello cargado de pan. Al verlo el hermano se echó a llorar, diciendo: "¡Señor, no soy digno de sufrir un poco por ti!". Pasada la tentación los hermanos le acogieron en sus celdas y asambleas, y le reconfortaron».
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