¡Oh amado
Jesús mío, que para darme muerte feliz quisisteis sufrir muerte cruelísima en
el Calvario! ¿Cuándo lograré veros?... La primera vez que os vea será cuando me
juzguéis en el momento de expirar. ¿Qué os diré entonces?... Y Vos, ¿qué me
diréis?... No quiero esperar a que llegue tal instante para pensar en ello;
quiero meditarlo ahora.
Os diré:
“Señor: Vos, amado Redentor mío, sois el que murió por mí... Tiempo hubo en que
os ofendí y fui ingratísimo para con Vos e indigno de perdón. Mas luego,
ayudado por vuestra gracia, procuré enmendarme, y en el resto de mi vida lloré
mis pecados, y Vos me perdonasteis.
Perdonadme
de nuevo ahora que estoy a vuestros pies, y otorgadme Vos mismo absolución
general de mis culpas. No merecía volver a amaros por haber despreciado vuestro
amor. Mas Vos, Señor, por vuestra misericordia atrajisteis mi corazón, que si
no os ha amado como merecéis, os amó sobre todas las cosas, desasiéndose de
ellas para complaceros... ¿Qué me diréis ahora?... Veo que la gloria, el
contemplaros en vuestro reino, es altísimo bien de que no soy digno; mas espero
que no viviré alejado de Vos, especialmente ahora que me habéis mostrado
vuestra excelsa hermosura. Os busco en el Cielo, no para más gozar, sino para
mejor amaros.
Ni quiero tampoco entrar en esa patria de
santidad y verme entre aquellas almas purísimas, manchado como estoy ahora por
mis culpas. Haced que antes me purifique, pero no me apartéis para siempre de
vuestra presencia... Bástame que algún día, cuando lo disponga vuestra santa voluntad,
me llaméis a la gloria para que allí cante eternamente vuestras alabanzas.
Comentarios
Publicar un comentario