.
Animémonos también nosotros, aunque pecadores, y tengamos confianza en que ella vendrá a asistirnos en la muerte y a consolarnos con su presencia si le servimos con todo amor en lo que nos queda de vida. Hablando nuestra Reina a santa Matilde, le prometió que vendría a asistir en la hora de la muerte a todos sus devotos que fielmente le hubieran servido en vida. “A todos los que me han servido piadosamente les quiero asistir en su muerte con toda fidelidad y como madre piadosísima, y consolarlos y protegerlos”. ¡Oh Dios mío! ¡Qué sublime consuelo al terminar la vida, cuando en breve se va a decidir la causa de nuestra eterna salvación, ver a la Reina del cielo que nos asiste y nos consuela y nos ofrece su protección!
Hay innumerables ejemplos de la asistencia de María a sus devotos. Este favor lo recibieron santa Clara de Monteflaco, san Félix, capuchino; santa Teresa y san Pedro de Alcántara. Y para más consuelo, citaré algún otro ejemplo. Refiere el P. Crasset que santa María Oiginies vio a la santísima Virgen a la cabecera de una devota viuda de Willembrock que sufría alta fiebre. La santísima Virgen la consolaba y le mitigaba los ardores de la fiebre. Estando para morir san Juan de Dios, esperaba la visita de María, de la que era tan gran devoto; pero no viéndola aún, se sentía afligido y se le quejaba. Mas en el momento oportuno se le apareció la Madre de Dios, y casi reprendiéndole de su poca confianza le dijo estas tiernas palabras que deben animar a todos los devotos de María: “Juan, no es mi manera de proceder abandonar a mis devotos en este trance”. Como si dijese: “Juan, hijo mío, ¿qué pensabas? ¿Qué yo te había abandonado? ¿No sabes que yo no puedo abandonar a mis devotos en la hora de la muerte? No vine antes porque no era el tiempo oportuno; ahora que lo es, aquí me tienes para llevarte. ¡Ven conmigo al paraíso!” Poco después expiró el santo, entrando en el cielo para agradecer eternamente a su amantísima Reina.

Comentarios
Publicar un comentario