Entre
las tribulaciones y los pesares de un vivo arrepentimiento, Dios introduce, con
mucha frecuencia, en el fondo de nuestro corazón, el fuego sagrado de su amor;
después este amor se convierte en agua de muchas lágrimas, las cuales, en
virtud de una mueva transformación, se convierten de nuevo en un mayor fuego de
amor. De esta manera, la célebre amante arrepentida amó primero a su Salvador, y este amor se
convirtió en llanto, y este llanto en un amor más excelente; por lo cual dijo
nuestro Señor que se le habían perdonado muchos pecados, porque había amado
mucho
La
penitencia es un verdadero desagrado, un dolor real, un arrepentimiento; pero,
con todo, encierra la virtud y las propiedades del amor, como que proviene de
un motivo amoroso, y, por esa propiedad, da la vida de la gracia. Por esta
causa, la perfecta penitencia produce dos efectos diferentes; porque, en virtud
de su dolor y de la detestación que incluye, nos separa del pecado y de las
criaturas, a las cuales el deleite nos había unido; y, en virtud del unitivo
amoroso del cual trae su origen, nos reconcilia y nos une con Dios, del cual
nos habíamos alejado por el desprecio; de forma que, al mismo tiempo que nos
aparta del pecado, en su calidad de arrepentimiento, nos une con Dios, en su
calidad de amor.
Este arrepentimiento amoroso se practica, ordinariamente, por ciertas aspiraciones o elevaciones del corazón a Dios, No sin razón han dicho algunos que la oración justifica; porque la oración penitente, o el arrepentimiento suplicante, al levantar el alma hacia Dios y al unirla de nuevo con su bondad, obtienen, indudablemente, el perdón, en virtud del santo amor producido por aquel santo movimiento. Debemos, por lo mismo, echar mano de aquellas jaculatorias que suponen un amoroso arrepentimiento y un deseo ansioso de reconciliación con Dios, para que presentando, por su medio, al Salvador nuestra tribulación derramemos nuestras almas delante y dentro de su compasivo corazón, que las escuchará con benevolencia.
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