El amor que practicamos en la esperanza se dirige ciertamente a Dios,
pero vuelve a nosotros; tiene su mirada puesta en la divina bondad, pero su
objeto es nuestra utilidad; tiende a la suma perfección, pero pretende nuestra
satisfacción, es decir, no nos lleva hacia Dios, porque Dios es soberanamente
bueno en Sí mismo, sino porque es soberanamente bueno para con nosotros o, en
otros términos, es nuestro interés, somos nosotros mismos lo que en él se
encuentra.
Luego,
el amor que llamamos de esperanza es un amor de concupiscencia, pero de una
santa y bien ordenada concupiscencia, por lo cual no atraemos a Dios hacia
nosotros ni hacia nuestra utilidad, sino que nos unimos a Él como a nuestra
dicha suprema.
Y
ésta es la manera como amamos a Dios por la esperanza; no para que sea nuestro
bien, sino porque nosotros somos suyos; no como si fuese para nosotros, sino en
cuanto nosotros somos para Él.
Amamos
a nuestros bienhechores, porque son tales para con nosotros; pero les amamos
más o menos, según sean más o menos grandes sus beneficios. ¿Por qué, pues,
Teótimo, amamos a Dios con este amor de concupiscencia? Porque es nuestro bien.
Más ¿por qué le amamos soberanamente? Porque es nuestro bien sumo.
Ahora bien, cuando digo que amamos soberanamente a Dios, no digo, por
esto, que le amamos con amor sumo; pues el sumo amor es el amor de caridad. En
la esperanza, el amor es imperfecto, pues no tiende a la bondad infinita en
cuanto es tal en sí misma, sino tan sólo en cuanto es tal para nosotros; sin
embargo, porque, en esta clase de amor, no existe otro motivo más excelente que
el que nace de la consideración del soberano bien, por esto decimos que por él
amamos soberanamente, aunque nadie, en verdad, puede, con este sólo amor, ni
observar los mandamiento de Dios ni llegar a la vida eterna, porque es un amor
más de afecto que de efecto, cuando no va acompañado de la caridad.

Comentarios
Publicar un comentario