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Perdiste la vida de tu cuerpo para justificar la muerte de mi alma.
Has escrito en tu pasión y muerte todas
las vidas humanas. Cualquiera que acuda a ti, podrá verse, en alguna manera, en
tu pasión y cruz. ¡Gracias, Dios mío! Desde entonces un alma en pecado tiene la
esperanza de la resurrección a la vida de la gracia, y de la resurrección de su
cuerpo en el último día. Tu muerte representa el triunfo del bien en lo
adverso: el que sigue amando y creyendo durante las dificultades y
contrariedades. En tu muerte nace a la vida el alma muerta porque Dios Padre no
puede odiar a su propio Hijo aunque haya muerto. Pero tu alma jamás murió a la
gracia, sino solamente tu cuerpo a la vida terrena; fue así como pudiste
descender a sacar a las almas de los infiernos. Eres Santo antes, eres Santo
durante y eres Santo después de la muerte. Sin necesidad de tener culpa, y sin
pecado, has escrito en tu Pasión la Redención. Había otros dos hombres
crucificados ese día. Ambos tenían culpa y merecían el castigo, más Tú eras
inocente. Uno de ellos se arrepintió y se salvó, el otro, maldijo y se condenó.
Es este el pan nuestro de cada día: Has mezclado las apariencias de los
inocentes y los culpables para que solamente Tú conozcas los secretos de los
corazones. ¿Quién podría distinguir con solo ver el castigo que sufrían, quién
lo merecía y quién no?

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