Un anciano contó que un hermano quería convertirse, pero su madre se lo impedía. Pero él no cesaba en su propósito y decía a su madre: «Quiero salvar mi alma». Después de mucho resistirse, viendo que no podía impedir su deseo, la madre le dio el permiso. Hecho monje vivió negligentemente. Murió su madre y poco después él enfermó de gravedad. Tuvo un rapto y fue llevado al lugar del juicio y encontró a su madre entre los condenados. Ella se extrañó al verle y le dijo: «¿Qué es esto, hijo? ¿También te han condenado a venir aquí? ¿Qué ha sido de aquellas palabras que decías: "Quiero salvar mi alma?"». Confuso por lo que oía, transido de dolor, no sabía qué responder a su madre. La misericordia de Dios quiso que después de esta visión se repusiera y curara de su enfermedad. Y reflexionando sobre el carácter milagroso de esta visión se encerró en su celda y meditaba sobre su salvación. Hizo penitencia y lloró las faltas cometidas antes de su negligencia. Su compunción era tan intensa que cuando le rogaban que aflojase un poco, no fuese que las muchas lágrimas perjudicasen su salud, rechazaba el ser consolado y decía: «Si no he podido soportar el reproche de mi madre, ¿cómo podré soportar mi vergüenza en el día del juicio en presencia de Cristo y de sus santos ángeles?».

Comentarios
Publicar un comentario