Entre tantos métodos como existen de rezar el
Rosario, el más glorioso para Dios, saludable para el alma y terrible para el
demonio es el de salmodiarlo o rezarlo públicamente a dos coros.
Dios se complace en
las asambleas. Todos los ángeles y santos congregados en el cielo le alaban
incesantemente. Los justos de la tierra reunidos en varias comunidades le
imploran en comunidad día y noche. El Señor aconsejó expresamente esta práctica
a sus apóstoles y discípulos y les prometió que, cuantas veces se reunieran dos
o tres en su nombre, El se encontraría en medio de ellos (Ver Mt 18,20) para
rogar en su nombre y rezar la misma oración. ¡Qué alegría tener a Jesús en
nuestra compañía! ¡Y pensar que para poseerlo basta solamente reunirse a rezar
el Rosario! Es la razón por la cual los primeros cristianos se reunían tantas
veces para orar juntos, a pesar de las persecuciones de los emperadores que les
prohibían reunirse. Preferían exponerse a la muerte antes que faltar a sus
asambleas, en las que tenían la certeza de que Jesús les hacía compañía.
La oración en común es la más
saludable al alma:
porque de ordinario la mente está
más atenta durante la oración pública que durante la privada;
porque, cuando se ora en
comunidad, la oración de cada persona se convierte en la de toda la asamblea todas juntas sólo forman una oración. De suerte que si algún particular no reza
tan bien, otro que lo hace mejor suple su falta. El fuerte sostiene al débil, y
el fervoroso enardece al tibio, el rico enriquece al pobre y el malvado se
integra a los buenos. ¿Cómo vender un kilo de cizaña? ¡Basta mezclarla con
cuatro o cinco de trigo bueno! ¡Y todo se vende!;

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