Santificación de una parroquia mediante el Rosario.

 



           El rector de una parroquia danesa contaba frecuentemente –para mayor gloria de Dios y con gozo de su alma– que había obtenido en su parroquia un resultado análogo al de este Obispo en su Diócesis.

“Había predicado –decía– todas las más atrayentes y provechosas materias, sin ningún resultado. Al no ver cambio alguno en mi parroquia, me resolví a predicar el Rosario, explicando su excelencia y práctica. Y puedo asegurar que después de haber hecho gustar a mi pueblo esta devoción, noté un cambio patente en sólo seis meses. En verdad, esta divina oración tiene especial eficacia para mover los corazones e inspirarles el horror al pecado y el amor a la virtud”.

La Santísima Virgen dijo un día al Beato Alano: «Dios escogió la salutación angélica para la Encarnación de su Palabra y la Redención del ser humano. Del mismo modo, quienes desean reformar las costumbres de la gente y regenerarlas en Jesucristo, deben honrarme y dirigirme el mismo saludo. Yo soy el Camino por el cual vino Dios a los hombres y es preciso que, por mediación mía obtengan de Jesucristo la gracia y las virtudes».

          En cuanto a mí, que esto escribo, aprendí por experiencia personal la eficacia de esta oración para convertir los corazones más endurecidos. He encontrado personas a quienes no conmovía la predicación de las verdades más tremendas, realizada durante la misión. Por consejo mío adquirieron la costumbre de rezar diariamente el Santo Rosario y así se convirtieron y consagraron totalmente a Dios.

He podido, además, constatar una enorme diferencia de costumbres entre las poblaciones donde di misiones: unas, por haber abandonado la práctica del Rosario, volvieron a caer en las malas costumbres; otros, gracias a haber perseverado en rezarlo, se mantuvieron en gracia de Dios y crecieron día a día en la virtud.

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