La Cruz surte efecto en algunas personas, lo mismo que el Santísimo; yo siempre lo llevo encima, lo coloco sobre la cabeza del paciente y pregunto: «¿Qué tienes aquí? Eres tú, oh, Señor…». Se dan perfecta cuenta de todo. El objetivo de la Eucaristía no es expulsar a los demonios, pero los demonios sufren, porque, aunque no vean a Dios, saben muy bien que existe. Y lo odian, a quien más odian es a Dios. Es un odio irreversible, de ahí la eternidad del infierno.
He ido muchas veces a Medjugorje, me siento
muy vinculado a ese lugar. Las primeras apariciones se produjeron el 24 de
junio de 1981. Fui allí enseguida; vivían en la miseria más absoluta, nosotros
les llevábamos ropa y comida. Existía la barrera de la lengua, pero eran muy
hospitalarios. Una vez, Mirjana le pidió a la Virgen: «Madre querida, ¿es
posible que un condenado se arrepienta, que pida perdón? ¿Dios podría sacarlo
del infierno y llevarlo al cielo?». La Virgen, sonriendo, le contestó: «Por
supuesto, Dios podría; son ellos los que no quieren». De ahí la eternidad del
infierno, la raigambre del pecado. Y quien no cree en la eternidad del
infierno, no cree en el Evangelio.


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