Nuestro tiempo es el de las potencias angélicas. En el combate que nos apremia, no debemos creer que únicamente los demonios están activos: los Ángeles buenos despliegan ellos mismos una gran actividad. En la siguiente oración se muestra la función especial de los Ángeles de cada uno de los nueve Coros.
SERAFINES ardientes, vosotros que, situados en la hoguera eterna del amor, sumergís sin cesar vuestras miradas en los rayos del sol de justicia, prended en nuestros corazones, por virtud de la divina Sangre, el fuego sagrado en el que sois consumidos.
QUERUBINES iluminadísimos, vosotros que sois admitidos en los secretos de Dios, disipad las tinieblas de nuestras almas; y, por virtud de la divina Sangre, haced brillar ante nuestros ojos esta luz sobrenatural que nos hace entender correctamente las verdades de la salvación.
TRONOS sublimes y deslumbrantes de belleza, vosotros sobre quienes reposa el Todopoderoso, y que conmináis Sus órdenes a los ángeles inferiores, alcanzadnos, por virtud de la divina Sangre, la paz con Dios, con el prójimo y con nosotros mismos.
DOMINACIONES supremas, vosotros que tenéis autoridad sobre todos los coros angélicos encargados de ejecutar las órdenes de Dios, reinad sobre nuestros espíritus y sobre nuestros corazones; y, por la virtud de la divina Sangre, ayudadnos a conocer y a cumplir fielmente la voluntad de Dios.
POTESTADES invencibles, vosotros que tenéis como misión apartar los obstáculos y alejar a los enemigos que se oponen al cumplimiento de las voluntades divinas, defendednos contra los ataques del demonio, del mundo y de la carne; y, por virtud de la divina Sangre, haced que salgamos victoriosos de nuestras luchas contra este triple poder.
VIRTUDES celestes, que veláis por la harmonía de la creación material, vosotros cuyo nombre significa fuerza, tened piedad de nuestra debilidad; y alcanzadnos, por virtud de la divina Sangre, que suframos con paciencia todos los males de esta vida.
PRINCIPADOS soberanos, vosotros sois príncipes de las naciones, os conjuramos para que veléis de forma eficaz sobre nuestra patria para que cumpla los designios de Dios sobre ella. Gobernad también nuestras almas y nuestros cuerpos y, por virtud de la divina Sangre, dignaos hacernos alcanzar nuestros destinos eternos.
ARCÁNGELES nobilísimos, vosotros que, bajo el mando de San Miguel, vigiláis y protegéis a la santa Iglesia, dignaos liberarla de sus enemigos interiores y exteriores. Velad también sobre el Padre común de los fieles, así como sobre los hijos de esta Esposa inmaculada de Cristo; y, por virtud de la divina Sangre, haced que vivamos y muramos en su fe, su esperanza y su caridad, para que estemos unidos eternamente a su divino jefe, Jesucristo, nuestro Señor y Rey.
ÁNGELES santísimos, vosotros a quienes el celo de los intereses de Dios transporta más velozmente que un relámpago allí donde deben ser salvaguardados, proteged su causa en nuestras almas, hacednos dóciles a vuestras inspiraciones, respetuosos de vuestra presencia, esmerados en unir nuestra plegaria a la vuestra; y, por virtud de la divina Sangre, alcanzadnos la gracia de la perseverancia final. Así sea.

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