“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: 'Mujer, ahí tienes a tu hijo'. Luego dice al discípulo: 'Ahí tienes a tu madre'. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.”
Dos de las tres Marías que estaban cerca a la Cruz son conocidas, a saber, María, la Madre de nuestro Señor, y María Magdalena. Acerca de María, la mujer de Clopás, hay alguna duda; algunos la suponen ser la hija de Santa Ana, que tuvo tres hijas, esto es, María, la Madre de Cristo; la mujer de Clopás; y María Salomé.
Pero esta opinión está casi desacreditada. Pues, en primer lugar, no podemos suponer que tres hermanas se llamen por el mismo nombre. Más aún, sabemos que muchos hombres piadosos y eruditos sostienen que nuestra Bienaventurada Señora era la única hija de Santa Ana; y no se menciona otra María Salomé en los Evangelios.
Puesto que donde San Marcos dice que “María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamarle”, la palabra Salomé no está en caso genitivo, como si quisiera decir “María, la madre de Salomé”, como justo antes había dicho “María, la madre de Santiago”, sino que está en caso nominativo y en género femenino, como resulta claro de la versión griega, donde la palabra está escrita Salome. Más aún, esta María Salomé era la esposa de Zebedeo, y la madre de los Apóstoles Santiago y San Juan, como aprendemos de los dos Evangelistas, San Mateo y San Marcos, así como María, la madre de Santiago, era la esposa de Clopás y madre de Santiago el menor y de San Judas.
Por lo cual la verdadera interpretación es esta: que María, la mujer de Clopás, era llamada hermana de la Bienaventurada Virgen porque Clopás era el hermano de San José, el esposo de la Bienaventurada Virgen, y las esposas de dos hermanos tienen el derecho de llamarse y ser llamadas hermanas.
También tenemos a favor de la misma interpretación la autoridad de San Jerónimo, como podemos deducir de su trabajo contra Helvidio. También hay un aparente desacuerdo en las narrativas evangélicas, en el que será bueno detenernos brevemente. San Juan dice que estas tres mujeres estaban de pie cerca de la Cruz del Señor, mientras que tanto San Marcos como San Lucas dicen que estaban distantes. San Agustín, en su tercer libro acerca de la Armonía de los Evangelios, hace armonizar estos tres textos de la siguiente manera: estas santas mujeres pueden haber estado al mismo tiempo distantes de la Cruz y cerca de la Cruz.
Estaban distantes de la Cruz en referencia a los soldados y ejecutores, que estaban en una proximidad tal que podían tocarla, pero estaban suficientemente cerca de la Cruz para escuchar las palabras del Señor, que la multitud de espectadores, que estaban a mayor distancia, no podían escuchar. También podemos explicar los textos de la siguiente manera: durante el momento mismo en que el Señor fue clavado a la Cruz, la concurrencia de soldados y gente mantuvo a las santas mujeres a la distancia, pero apenas la Cruz fue fijada en tierra, muchos de los judíos volvieron a la ciudad, y entonces las tres mujeres y San Juan se acercaron más.
Esta explicación elimina la dificultad acerca de la razón por la cual la Bienaventurada Virgen y San Juan se aplicaron a sí mismos las palabras “Ahí tienes a tu hijo; Ahí tienes a tu madre”, cuando había tantos otros presentes, y Cristo no se dirigió ni a su Madre ni a su discípulo por su nombre. La verdadera respuesta a esta objeción es que las tres mujeres y San Juan estaban parados tan cerca de la Cruz como para permitir al Señor designar mediante Sus miradas a las personas a quienes Se estaba dirigiendo.
Además, las palabras fueron dichas evidentemente a Sus amigos personales, y no a extraños. Y entre Sus amigos personales que estaban allí no había ningún otro hombre a quien pudiera decir: “Ahí tienes a tu madre”, a excepción de San Juan; y no había ninguna otra mujer que quedara sin hijos por su muerte, a excepción de su Madre Virgen.
Por lo cual Él dijo a su Madre: “Ahí tienes a tu hijo”, y a su discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Este es, pues, el sentido literal de estas palabras: Estoy por cierto a punto de pasar de este mundo al seno de Mi Padre Celestial, y pues tengo plena conciencia de que Tú, Mi Madre, no tienes ni parientes, ni marido, ni hermanos, ni hermanas, para no dejarte totalmente desprovista de auxilio humano, Te encomiendo al cuidado de Mi muy amado discípulo Juan: él actuará contigo como un hijo, y Tú actuarás con él como una Madre.
Este consejo o mandato de Cristo, que lo mostró tan preocupado por los otros, fue bienvenido igualmente por ambas partes, y de ambos podemos creer que habrán inclinado sus cabezas como muestra de su aquiescencia. Pues San Juan dice de sí mismo: “Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa”, esto es, San Juan inmediatamente obedeció a nuestro Señor, y consideró a la Bienaventurada Virgen, junto con sus ya ancianos padres, Zebedeo y Salomé, entre las personas a las cuales era su deber cuidar y atender.

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